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Nadie, ni tu madre ni el médico ni tu mejor amiga, nadie conoce tus secretos mejor que la persona que te atiende en la farmacia.



El tiempo es el mejor asesino.
—Agatha Christie


 

Hace poco cité un párrafo de una novela de Nero Wolfe y varios amigos “reaccionaron”, como dice Facebook, ante la mención. Somos un club de admiradores, amamos a Nero Wolfe. Con mi amiga Martha Lobos solíamos confeccionar el elenco para una eventual película. ¿Quién sería Nero Wolfe? Ella proponía a Orson Welles. Yo no estaba de acuerdo: demasiado sexy y no lo suficientemente gordo. Yo proponía —en esa época— a Raymond Burr. El aspecto apropiado y también el modo severo, pero le faltaba —reconozco— el brillo de la maldad. Hoy propondría sin vacilar a John Goodman. Sin vacilar.

Nero Wolfe es una creación del escritor estadounidense Rex Stout, fallecido en 1975. Me entero ahora de que escribió más de 70 novelas de las cuales solo leí alrededor de 30. Ah no. Me dice Wikipedia que todas están en Kindle. Parece que voy a tener que comprarme uno después de todo porque en papel los libros son difíciles de conseguir.

Por si no lo conocen, Nero Wolfe es un detective de inteligencia superior (un genio, define Archie Goodwin) inmensamente gordo (un séptimo de tonelada, calcula Archie Goodwin) y un haragán sin remedio. Archie Goodwin es su mano derecha y quien narra las aventuras en primera persona. Y quien me hace reír. Aunque no lo dice con todas las palabras, queda claro que Goodwin es joven y guapo (¿Brad Pitt a los 30 años?) y según Wolfe lo sabe todo sobre las mujeres.

Nero Wolfe vive en un magnífico brownstone en un lugar elegante de Nueva York junto con el mencionado Archie, un cocinero cordon bleu llamado Fritz y Harold, el jardinero que lo ayuda con las 10.000 magníficas orquídeas que cultiva en el piso superior de la casa. A diferencia de los detectives de la novela negra como Philip Marlowe o Sam Spade, Wolfe es un sibarita que duerme en pijamas de seda y organiza con Fritz sofisticados festines todos los días de su vida, con manjares que se describen en detalle. No soporta a las mujeres, evita estrechar la mano en las presentaciones y nunca sale de su casa por negocios: para eso lo tiene a Goodwin. Es un hombre erudito que ama el lenguaje. No tolera, por ejemplo, que bajo su techo alguien “contacte” a una persona. ¿Cómo “contacte”? Ese no es un verbo.

 

Las novelas fueron escritas entre 1939 y 1974, anteriores a la tecnología, sin computadoras ni celulares; solo máquinas de escribir y teléfonos públicos en la calle. Un antes y un después también en los asuntos policiales. Por el contrario la serie The Wire (Bajo escucha) de David Simon y George Pelecanos muestra la evolución de las herramientas técnicas para las escuchas que utiliza la policía y la forma en que se van desarrollando a medida que avanzan las temporadas. En las novelas de Nero Wolfe los personajes nunca envejecen. Son novelas deliciosas, mi sueño dorado era traducirlas. Es un misterio: ¿por qué unas piezas permanecen vigentes y otras pasan al olvido? Creí que los títulos de Nero Wolfe habían quedado fuera de catálogo pero me equivoqué. Al menos en cuanto a Kindle.





Odio todo

Odio a la gente que no usa comas y también a la gente que abusa de ellas. Esos gusanitos, como los llamaba Borges.





Palabras

“Era un sábado temprano a la tarde y era una señora que tenía que salir de madrina en el casorio del hijo, que era en las afueras de Buenos Aires, Benavídez, al atardecer, porque era la época en que se casaban de día, de tarde, de noche, de blanco, de negro, de largo, de corto, con lomo al champignon, con sushi, con asado, en primeras nupcias, en segundas, con panza, sin panza, con cura, con pastor, con amigo raro, con carnaval carioca, con cocaína. Era la época de la originalidad, se morían por ser originales, sin embargo iban y se casaban, y siempre alguna madrina aparecía con el jilguero en la cabeza (un peinado que me salía muy bien) y les arruinaba la fiesta. Les arruinaba la imagen que querían dar, la celebración de la imagen que querían dar, y hacían de tripa corazón y naturalizaban, durante la fiesta, durante el video, cuando lo veían con amigos, al jilguero de la madrina como parte de su contradicción progresista.”

Ángeles Salvador (El papel preponderante del oxígeno)

 

 


 

Qué hay para ver

La serie tiene veinte años y como los grandes clásicos no solo está vigente, también está disponible (HBO Max). Me refiero a The Wire, mencionada más arriba, una de las mejores series de la historia. O la mejor, según Time, The New York Times, The Guardian, Entertainment Weekly y otros medios de ese tenor.

The Wire se refiere a las escuchas que hace la policía, las intervenciones telefónicas judiciales como herramientas de investigación. La serie transcurre en la ciudad de Baltimore, en Estados Unidos. David Simon, el creador y guionista, fue durante mucho tiempo periodista de policiales en el diario The Baltimore Sun. George Pelecanos, por su parte, es un excelente escritor y guionista. Es autor por ejemplo de la serie ahora en el aire We Own This City y de algunas excelentes novelas.

The Wire no es una serie fácil de ver y durante mucho tiempo tampoco era fácil de conseguir: 2002, no teníamos plataformas, solo DVD. Yo comencé a verla y la abandoné varias veces porque no entendía lo que pasaba ni lo que decían y —Dios me perdone— me costaba reconocer a los personajes. Pero Jorge Bernárdez, quien me había proporcionado los DVDs, fue insistente y por eso le estoy agradecida.

 

Son cinco temporadas: la primera se ocupa del tráfico de drogas, desde los chicos que la venden en la calle, con su jefe sentado en un sofá plantado en un baldío, hasta los jerarcas que por encima de sus diferencias se juntan cada tanto en reuniones de directorio para discutir los avatares de la industria. Un estado paralelo.

La segunda temporada se mete con los estibadores del puerto, el contrabando de insumos para la droga y los temibles caciques de los sindicatos. En la tercera temporada el tema es la política y en la cuarta es la escuela y el sistema educativo de los chicos marginales. La quinta y última temporada trata con la prensa y los medios en general. Todo es monitoreado y combatido —en lo posible— por la policía que los investiga, como se dijo, a través de escuchas telefónicas cada vez más eficientes y sofisticadas a medida que la serie fue avanzando hasta 2008. Cambian los temas y los territorios pero los policías permanecen.

No es fácil de ver. No sigue las reglas de las series comunes donde sabemos que el héroe nunca muere y los episodios tienen una lógica narrativa que respeta un sistema de tiempos. Acá los episodios terminan cuando a Simon le parece y nadie te garantiza la suerte de los héroes.



 

A propósito

Se nota que me gustan los policiales, tal como señaló el crítico Quintín hace poco en su columna del diario Perfil. Es verdad, soy bastante adicta: me gustan los clásicos, los eduardianos, los de la serie negra, los actuales. Nombres nuevos (para mí) como Jo Nesbo o Karin Slaughter (pensé que su apellido era un seudónimo pero no lo es) (Significa matanza, carnicería, sacrificio). Me leí todo el abecedario de Sue Grafton hasta la X, que fue cuando nos dejó. Michael Connelly con su policía Harry Bosch; John Connolly con su detective Charlie Parker. Admito que también me gustan los dramas judiciales, como las novelas de John Grisham y las del notable Scott Turow. Me gustan, entre otras cosas porque ahí siempre pasan cosas, las cosas concretas que se ponen en juego ante la tragedia o el peligro. Me gustan por el humor oscuro de los detectives y el cinismo de los maleantes cuando son inteligentes. Leo novelas policiales hasta toparme con alguna de esas obras que te llegan al alma, como Pastoral americana, de Philip Roth o La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides. En el camino hay muchos relatos que se limitan a describir sentimientos y experiencias personales con la convicción de que te van a conmover o interesar. Prefiero un policial, disculpen. Ahora me despido porque ya es hora. Los invito al club del Viejo Smoking, siempre abierto, sábados, domingos y feriados. Es acá.
 


En The Wire conocimos a Idris Elba.

No sé si me explico.

Hasta el domingo,

Cecilia

 

 

 

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