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María Moreno es la directora del Museo del Libro y de la Lengua, que está sobre la Av. Las Heras, detrás de la Biblioteca Nacional. En este momento presenta una muestra llamada Infieles, anunciada con dramática luz de neón como si fuera un romance, un corazón atravesado por un rayo. La infidelidad en este caso es artística: escritores que pintan, pintores que escriben. Artistas y escritores que, según define el catálogo “no aceptan el peso pesado de una vocación exclusiva y se sumergen gozosamente en otras disciplinas”.



Una línea es un punto que salió a dar un paseo.
—Paul Klee


 

La muestra es sorprendente, abrumadora, hermética, formidable. Todos están ahí; los escritores muestran en sus obras una clase de interioridad que trasciende las verdades de sus textos. Los pintores se entregan a la palabra y hacen poesía. Charly García, que es un genio, “interviene” un libro de fotografía de Helmut Newton con trazos coléricos en marcador rojo. Además escribe: “Tu tiempo es un vidrio/tu amor un faquir/mi cuerpo una aguja/tu mente un tapiz”.

Roberto Jacoby presenta una obra que lo expresa de una manera misteriosa sobre el fondo hipnótico de la letra impresa; además escribe un poema: “Tuve cinco sueños, uno no lo recuerdo/pero no temas que no los contaré/y en breve serán apenas ceniza mental”.

Ulises Conti se pregunta por qué las obleas tienen nombres musicales: Sinfonía, Ópera, Recital, y al mismo tiempo escribe “La primera vez que fui al cine/vi una película en la que dos jóvenes amantes/viven una ensoñadora historia de amor/un fin de semana en la playa…”

Renata Schussheim asoma llena de luz y belleza, como siempre. Daniel Santoro dibuja un bar, un centauro y una rubia con flequillo en la ventana que resulta familiar. Todos están ahí, en la muestra: Silvina Ocampo y Washington Cucurto, León Ferrari y Osvaldo Lamborghini, Manuel Mujica Láinez y Fernando Noy. Entra Fabio Kacero con una obra inquietante. ¡María Luque! Siempre un placer.

A veces resulta difícil percibir el clima actual de lo que pasa a tu alrededor en el arte. Ciertas instalaciones parecen gestos desesperados en busca de una voz. Las cosas no están muy claras para algunos de nosotros, los que no somos especialistas. Demasiados estímulos, nuevos medios, plataformas, redes, y siempre la sensación, la convicción en realidad, de que algo importante está pasando en otra parte. Esta fiesta en el museo, Infieles, con su generosa lista de invitados, transmite en su conjunto el espíritu de tu tiempo. Más que una foto parece una radiografía del arte actual, tomada por asalto mientras los protagonistas están en otra cosa.





Odio todo

Odio a la gente que te recomienda un libro sin que se lo pidas y no solo eso, cuando vuelve a verte te interroga: ¿Leíste el libro que te recomendé?





Palabras

“Forzosamente me equivoco al escribir este libro. Me equivoco porque hablo de cuestiones abstractas y colectivas en relación con una labor concreta e individual; me equivoco porque hablo de una relación de causa y efecto; me equivoco, en definitiva, porque soy pintor y escribo. Por esto, ante todo, pido una disculpa inicial al lector. Este es un libro sobre pintura escrito por un pintor. Y como se sabe, esto comúnmente no es tolerable.”

Felipe Noé (del catálogo de la muestra Infieles)

 

 


 

Qué hay para ver

Me llama la atención el éxito de audiencia que tienen actualmente las telenovelas, tanto en la televisión abierta como en las plataformas. Parece un fulgurante renacimiento, aunque en realidad las novelas nunca desaparecen. Pueden cambiar el origen; ahora son turcas o coreanas y hay unas pocas brasileñas de bajo presupuesto. Pero semejante éxito en una plataforma, un territorio mucho más competitivo que la franja de la tarde de la televisión abierta, representa una fuerte expansión de la audiencia, un cambio de categoría del género.

Pasan las semanas y los meses y en la cartelera de Netflix por lo menos cinco o seis de los primeros diez elegidos por el público son telenovelas. Algunas clásicas (Yo soy Betty, la fea, Pasión de Gavilanes) y otras son remakes, como Café con aroma de mujer, que suele figurar en el primer lugar. También Amazon hizo nuevas versiones de La usurpadora y Cuna de lobos.

 

No son muchas las producciones que resisten una remake. Hay notables excepciones, como la película Nace una estrella, que vuelve a seducir en cada nueva versión, pero por lo general las remakes son decepcionantes. Las series de televisión no son capaces de reproducir la magia de algo que fue un éxito en su versión original; las telenovelas mucho menos. También acá hay excepciones: Rosa de lejos, de Celia Alcántara, es una remake de Simplemente María, protagonizada por Irma Roy. Pero lo que hizo María Herminia Avellaneda con ese material es una obra diferente, entera en sí misma, inolvidable.

En las versiones nuevas de las telenovelas el principal elemento agregado es el sexo. Sus heroínas son ardientes, insaciables, malas. Mis heroínas no eran insaciables ni ardientes y ni siquiera eran malas aunque regentearan un burdel. Pero es evidente que esta nueva generación funciona porque la audiencia responde. Yo nada puedo hacer más que abstenerme.




 

Estilo

En plan de comprarse ropa no es fácil encontrar algo que te ponga de buen humor, que te dé ganas de estrenar de inmediato. No sé si me volví más exigente o si estamos en una impasse de depresión post pandemia. Finalmente vi algo que me gustó. Está fuera de mi presupuesto (lejos) pero igual entré y me lo probé. Me queda un poco grande pero igual me lo compré. Encontrar algo que te ponga de buen humor es tan difícil que cuando ocurre todo lo demás pasa a segundo plano. Recuerdo la iluminadora frase de Naná Gallardo, viuda de Polesello: “Cuando me compro un par de zapatos lo último que me importa es si son cómodos”.



 

A propósito

Hace unos días vimos a María en la inauguración de Infieles en el museo. Yo la conocí antes de que fuera famosa (estoy segura de que se va a reír de la palabra “famosa”. No, nena, me diría, estoy segura.) No, nena en realidad era lo que siempre me decía cada vez que hablábamos. (Ahora solo por mail.) Vivíamos a seis cuadras de distancia, en Once, y hablábamos por teléfono durante horas. Pero si yo le decía en algún momento María, vamos a comer un bife por ahí, la respuesta siempre era No, nena con ese tono fatigado, como harta de mí.

Un día leí una nota publicada en una revista política, no recuerdo cómo se llamaba, con una prosa que relucía con una inteligencia singular en medio de la mediocridad general. Estaba firmada por una María Moreno y supuse que era un seudónimo: nombre de cantante de boleros o de heroína de telenovela. Llamé por teléfono a la revista y pregunté si esa persona existía. Existía y la invité a trabajar conmigo en la revista Status. Sus notas en Radar cuando lo dirigía Juan Forn en Página 12, sus libros, todo es deslumbrante, y a medida que pasa el tiempo se vuelve cada vez más difícil, como si ella manejara otra dimensión del pensamiento al que no siempre tengo acceso.

En aquella época yo afirmaba —y sigo afirmando— que un párrafo de María Moreno es mejor que toda la obra de Susan Sontag. Se reían de mí, pero ahora nadie se ríe. Estuve tentada de agasajarla con grandes definiciones pero es como si la oyera: No, nena. Eso es todo por ahora, entonces. Nos encontramos la semana que viene. Si quieren visitar la muestra Infieles en el museo es en Las Heras 2555. También pueden venir al Club del Viejo Smoking, en cualquier momento. Es acá.
 


Tarea para el hogar:

Pensar antes de hablar.

La palabra escrita es diferente de la palabra hablada.

Hay que tener mucho cuidado.

Cecilia

 

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