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Hace unos años la revista Noticias me encargó una serie de diez notas sobre grandes amores del siglo XX. Elaboramos una lista de romances significativos y de los diez episodios publicados mis favoritos fueron dos: el de Amalia Lacroze y Alfredo Fortabat, quien asistió al casamiento de ella con otro y a continuación la siguió por toda Europa a lo largo de su prolongada luna de miel. Un grande. Mi otro caso favorito, se van a reír de mí y no me importa, fue el de Carlos y Camila. Yo participé en cierto modo de esa carnicería social que él soportó a partir de una sola frase desafortunada. Pero cuando leí sobre ellos, debo decir, pocas veces vi un amor semejante. Ella tenía todo en contra y a él nada en el mundo podía importarle menos.



Lo opuesto de hablar no es escuchar. Lo opuesto de hablar es esperar.
—Fran Lebowitz



Como decíamos ayer, gripe. Varios días en cama tratando de controlar el mal humor porque:

a. Te sentís fatal y el resto del mundo sigue funcionando como si nada.

b. Te sentís fatal cuando te consta que alguna gente debe lidiar con asuntos mucho más graves y no se queja.

c. Te sentís fatal y no podés leer, te cuesta concentrarte y apenas podés sostener el libro. Jo Nesbo, El Reino, 700 páginas.

d. Te sentís fatal y no tenés paciencia para mirar televisión.

e. Te sentís fatal.

f. Te sentís fatal, decíamos y lo único que podés hacer es escuchar la radio.

 

Ahora sí: hablemos un poco de la radio. Murió Magdalena y estamos de luto. A diferencia de tanta gente, yo no tuve ocasión de trabajar con ella, pero una vez me invitó a su programa del cable para hablar… del amor. Quiero llorar ahora mismo. Un día vino invitada al ciclo Tiene la palabra de TN y sentí mucha envidia de mi compañera de panel Silvia Fesquet: ella la conocía muy bien porque había ido al colegio con una de sus hijas. No tuve ocasión de trabajar con Magdalena pero circulaban los rumores. Eran famosos sus convites de té con masitas si la reunión era en su casa, o sandwiches de miga para todos cada día en la radio.

En ocasiones como el Día del Periodista o en las fiestas navideñas, cuando los regalos a las celebridades se montaban en torres de cinta y celofán, algunos jefes mandaban a un ordenanza a guardar todo en el baúl de sus autos, pero Magdalena repartía todos los regalos entre sus colaboradores.

Magdalena, esa mujer no sabía lo que es el miedo.

Hubo un momento —no me pregunten el año— en que al comienzo de una temporada se la disputaron Radio Mitre y Radio Continental. No solo los dueños de las emisoras: la ciudad entera estaba en vilo. Era como si hoy dos equipos se disputaran a Messi.

 

La radio. Cuando hablamos de la radio todos sabemos quiénes fueron los próceres, los más grandes, los mejores además de Magdalena: Antonio Carrizo. Jorge Fontana. Héctor Larrea. Hugo Guerrero Marthineitz. Y ahora pregunto a los que hemos tenido edad suficiente para escucharlos diariamente, seguir sus carreras, reconocer sus legados. Pregunto: ¿Alguno de ellos hablaba a toda velocidad como si estuvieran a punto de perder algún tren? ¿Alguno de ellos se ponía cómodo frente al micrófono como si estuviera charlando en un bar con un amigo?

Durante un tiempo pensé que era yo, que me fallaba el oído, que la edad me impedía seguir la precipitada corriente de pensamiento de los jóvenes. Pero ahora tuve la oportunidad de prestar atención: no los corre el reloj, no llega el noticiero, el programa no está a punto de terminar, ni siquiera se apresuran porque “el tiempo es tirano”. Tal vez creen que la velocidad agrega valor a lo que están diciendo, no sé.

¿Alguno de ellos hablaba encima de lo que decía su compañero solo para dejar en claro que sabía lo que el otro iba a decir (el nombre de una figura, el título de una película)? Todos hablan ahora al mismo tiempo excitados por la noticia ya que están muy enterados y el oyente entonces se queda sin saber cuál es la figura aludida o cómo se llamaba la película. Hice una recorrida turística por las FM y fue como caminar por las alcantarillas del idioma. Pura risa y palabrotas.

 

¿Cuántos se acuerdan de modular la voz y pronunciar cada sílaba de las palabras? ¿Alguien se atrevería a guardar silencio durante unos segundos solo para pensar porque ha creado un clima que se lo permite, como hacía Guerrero Marthineitz? ¿Alguna idea como “bailar en la cocina” a media mañana que proponía Héctor Larrea? ¿Alguien podría arreglárselas una hora entera sin apelar a las redes? ¿Alguien me haría el inmenso favor de formular una primera pregunta en lugar de una primer pregunta? Sí. Hay dos o tres que saben hablar y saben callar, los amo y los admiro. Pero muchos, muchos otros me hacen sufrir.

 

 



Odio todo

Una importante cantidad de avisos publicitarios, ya que estamos en la radio, me advierten: “No te lo podés perder”. Debo decir que todo lo que me ofrecen me lo puedo perder encantada de la vida.





Palabras

Hace unos años los alumnos de una escuela secundaria de Nueva York tuvieron como tarea escribir cartas a sus autores favoritos. Kurt Vonnegut fue el único que respondió. Ésta es su carta:

“Queridos alumnos y maestros de la Escuela Secundaria Xavier:

Agradezco las cartas que me enviaron, tan cariñosas. Está claro que ustedes saben cómo levantarle el ánimo a un verdadero vejestorio (84) en el ocaso de su vida. Ya no hago apariciones públicas más que nada porque ahora me veo como una especie de enorme iguana.

Lo que tengo para decirles no tomará mucho tiempo ni demasiado ingenio: practiquen cualquier forma de arte, música, canto, baile, actuación, dibujo, pintura, escultura, poesía, ficción, ensayos, reportajes, no importa si bien o mal; no lo hagan para ganar dinero o fama sino para experimentar una transformación, para descubrir lo que hay dentro de ustedes, para hacer crecer su alma.

¡Lo digo en serio! Propongo que comiencen ahora mismo. Hagan arte y háganlo durante el resto de sus vidas. Hagan un retrato lindo o divertido de la directora y entréguenselo. Bailen en casa después del colegio y canten en la ducha sin parar. Dibujen una cara en el puré de papas. Simulen por un rato ser el Conde Drácula.

Hé aquí una tarea para esta noche y espero que la directora los suspenda si no la cumplen: Escriban un poema de seis líneas, sobre cualquier tema pero con rima. No hay un buen partido de tenis sin red. Háganlo lo mejor que puedan. Pero no le digan a nadie lo que están haciendo. No lo muestren ni se lo reciten a nadie, ni siquiera a su mejor amiga o a sus padres o a quien sea, tampoco a la directora. ¿De acuerdo?

Rompan el texto en piezas muy pero muy pequeñitas y deséchenlas en recipiénticos [sic] de basura muy alejados entre sí. Descubrirán que ya han recibido una gloriosa recompensa por su poema. Han experimentado una transformación, conocieron mucho más acerca de lo que hay en su interior y a su alma la han hecho crecer.

¡Que Dios los bendiga!”

Kurt Vonnegut

 

 


 

Qué hay para ver

Amor adulto es una película danesa que cuenta una historia común. Veinte años de casados, un hijo adolescente que se recupera de serios problemas de salud, una madre que lo ha dejado todo para cuidarlo mientras el padre trabaja y prospera allá fuera y de pronto ¡ay! él se enamora de otra. La “otra” es de las que llaman por teléfono a las cuatro de la mañana y enloquecen a la esposa.

Todo lo que ocurre a continuación es un formidable juego de poder, pero no lo voy a contar acá. Vean la película, está en Netflix. Solo diré que es una historia habitual en la vida urbana occidental; por lo general termina en divorcio, a veces traumático, otras veces educado y sencillo, alguno enconado y también existen unos pocos casos que conservan entre ellos el afecto y la amabilidad. No de entrada, tal vez, pero con el tiempo.

 

La parte “occidental” de la historia tiene que ver con el sentido de la territorialidad que tiene el matrimonio desde hace unos doscientos años, más o menos cuando el amor entró a formar parte de la ecuación y anuló, o disimuló, o en todo caso reformuló lo que el matrimonio proponía antes como empresa, como una fábrica de hijos y bienestar. Este aporte romántico lo cargó de pasiones diferentes, pathos, diría mi amiga A., celos, humillación, sufrimiento o simple tedio.

No sé cómo serán las cosas en la China actual, pero el matrimonio que describe el milenario I Ching en su capítulo La desposada se apoya en un criterio social diferente, pragmático, que al parecer resulta más satisfactorio para todos los involucrados. Cuando pasado un tiempo el hombre se enamora de otra mujer, no abandona a la primera. La instala en la mejor habitación de la casa, la consagra como la esposa principal y se casa con la segunda. No digo que esto haga feliz a la primera, pero no la deja en un lugar humillado y despojado de prestigio social. Le concede el lugar más alto en el escalafón doméstico y como no queda fuera del cuadro, está en condiciones de competir por el hombre, si es que aún tiene interés. Lo cual está por verse. Es cierto que la esposa nueva es joven y bella, pero si la primera juega bien sus cartas quién sabe.

 



 

A propósito

De pronto recordé una de esas películas que se hacían para la televisión en un tiempo anterior al cable, antes de las plataformas, cuando todo era cuestión de suerte. En inglés se llamó The Users, en castellano no sé. Él era Tony Curtis, un actor que conoció la gloria y ahora estaba en decadencia. Durante la filmación de una película clase B se cruzó por casualidad con una chica sencilla de pueblo que no podía ser más linda: Jaclyn Smith, que lo veneraba. Se casaron y algo en la carrera de él mejoró, pero no del todo. Ella entró de su brazo al mundo del cine en una versión alternativa, inesperada, de Nace una estrella. Todos en la industria estaban excitados por una producción en ciernes que sería un éxito asegurado. Se manejaban grandes nombres para el protagónico y Tony Curtis no tenía la menor chance. Ella, Jaclyn, consiguió el guión, averiguó cómo ponerse en contacto con el autor, el niño mimado del proyecto, y fue a verlo. Quería el papel para su marido y el autor se le rio en la cara. Ella entonces le propuso una apuesta: resistencia al alcohol, cuál de ellos podía beber más. Él se le rio en la cara —una sencilla chica de pueblo— y aceptó el reto. Ella ganó. El papel fue para Tony Curtis y la película fue un éxito. Así termina la historia: una vez que ella lo puso en ese escenario y le devolvió su carrera, se divorció de él y se casó con el director del estudio. Una nueva carrera también para ella. El título, The Users, tiene un dejo peyorativo. Pero lo cierto es que ella fue intrépida y agradecida. No lo dejó en la vereda, humillado, como ocurre a veces con el abandonado. Lo dejó vestido de smoking y con un Oscar en las manos. Con mucho gusto volvería a ver esa película. El libro es de Dominick Dunne, quien además de productor fue columnista estrella de la revista Vanity Fair. Hasta el domingo, entonces. Vengan al club del Viejo Smoking, elegante sport o como quieran. Es acá.
 


No sé cómo agradecer el aluvión de cariño y buenos deseos que recibí.
Solo diré gracias.

Cecilia


 

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