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Escucho por la radio comentarios sobre personas que se casan o se divorcian, que se enferman o se curan, que adoptan niños o se van al extranjero y me doy cuenta de que ya no conozco a nadie. Llegué hasta Pampita y García Moritán. Todos los que vinieron después no sé quiénes son. Tal vez me estoy perdiendo algo. Tal vez no.


El verbo amar no soporta el modo imperativo.
—Jorge Luis Borges

 

Estaba viendo en Youtube una de las tantas —hay más de veinte— versiones de Ana Karenina, sobre la obra de Tolstoi. Es una producción rusa bastante fiel a la novela. Tiene la particularidad de incluir muy bien articulada la participación de Vronsky en la guerra ruso-turca del final del libro, una parte que la mayoría de las otras versiones prefiere ignorar: es más dramático terminar la historia con el suicidio de Ana bajo el tren, que remite en forma circular al comienzo mismo de la novela.

Lo cierto es que veía la serie, exquisitamente realizada, cuando tuve una especie de tonta iluminación: ese loco enamoramiento de Ana que la lleva a dejar todo, su marido y su hijo, sus amigos y su lugar en la sociedad donde ahora es humillada y desairada, esa pasión que por fin la empuja a una muerte atroz, se produce entre otras cosas, si me permiten una opinión personal, porque no tiene nada que hacer. No tiene nada que hacer en todo el día más que supervisar las tareas que los sirvientes realizan en su hogar palaciego y de vez en cuando ir a la modista.

Pienso en Madame Bovary, con quien nunca logré simpatizar. Ella tampoco tenía nada que hacer en todo el día. No recuerdo ahora otros grandes amores desesperados de la literatura. La devoción de Julien Sorel por la señora de Rênal en Rojo y negro, la novela de Stendhal, es más respetable porque el joven al menos trabaja como preceptor de sus hijos. Por otra parte es la ambición más que el tedio lo que alimenta su pasión. Ambición o tedio, entonces, parecen eficaces motores del amor desesperado.

 

No debe ser fácil encontrar hoy amores de ese tenor. La ambición sigue vigente pero no hay tiempo para el tedio. Todo el mundo tiene que trabajar, y quien está sin trabajo tiene la tarea de sobrevivir. Eso no significa que el amor haya dejado de existir: solo creo que para la mayoría de la gente se ha convertido en algo más sensato y operativo. Las penas de amor existen, desde luego, las decepciones y los abandonos, pero difícilmente alguien se tire bajo las ruedas de un tren si las cosas no funcionaron. Pueden sumergirse en las drogas o el alcohol, o comenzar a fumar como una forma de suicidio a largo plazo. O todo lo contrario: después del duelo correspondiente, tal vez se pongan en forma, bajen de peso y se compren ropa nueva.

Por supuesto no soy quién para opinar: yo soy solo, como dice María Moreno, pero me gusta observar. Los grandes amores que veo a mi alrededor son parejas que encontraron un lenguaje común y un razonable manejo del tiempo. Todos trabajan, desde luego, cuentan con el otro y se aman de una manera callada y serena. De otro modo se separan y listo. Hoy la gente se divorcia más y se casa menos. No tengo opinión sobre el asunto. Solo observo.





Odio todo

En la radio anuncian un producto cien por cien (sic) eficaz. Y en una desesperante aliteración repiten ese cien por cien tres veces, para que nos quede claro.





Palabras

“¿Qué era lo que me disgustaba de los adultos? Para decirlo brevemente: la sensación que transmitían de superioridad, la convicción de saber más o saberlo todo, la profunda banalidad de sus opiniones, la forma en que las mujeres sacaban la polvera y se retocaban la nariz, la forma en que los hombres se sentaban con las piernas bien abiertas con sus partes privadas delineadas contra los pantalones, su manera de beber y de fumar, sus terribles flemas cuando tosían, los olores artificiales que se aplicaban para ocultar sus olores animales, la desagradable idea de que tal vez seguían teniendo sexo, su dócil obediencia a las normas sociales, su solemne desaprobación de toda sátira, el ruido sofocante que hacían cuando se mostraban de acuerdo entre sí, sus comentarios sobre la comida que preparaban o comían, su complacencia emocional, su sentido de superioridad racial, la forma en que contaban sus monedas, la forma en que cazaban la comida atrapada entre sus dientes, la forma en que no se interesaban lo suficiente en mí.”

Julian Barnes (La única historia)

 

 


 

Qué hay para ver

Sin lugar a dudas, RRR. Es una película india absolutamente magnífica. Magnífica en sentido estricto: todo ahí es colosal, desmesurado, emocionante, bello y cruel. La historia transcurre en la India anterior a su independencia, todavía bajo el yugo de los pérfidos ingleses. Narra cómo se conocen y forman una profunda amistad dos héroes de la revolución india, que en la vida real jamás se conocieron: Alluri Sitarama Raju (Ram Charan) y Komaram Bheem (N.T. Rama Rao Jr.). Raju es un militar del ejército británico, que en el comienzo de la película muestra que es invulnerable y capaz de todo. Bheem, a su vez, es el líder de una modesta zona rural y también en el comienzo de la película se lanza a recuperar una niña que ha sido robada por una caprichosa dama inglesa. A partir de ahí la película es una fiesta interminable de acción, melodrama, fuerza y heroísmo, música y fantasía, alegría y tragedia.

Se llama RRR como iniciales de Rise Roar Revolt, que en inglés integran los conceptos de rabia, guerra y sangre. El director es S.S. Rajamouli y está hablada en telugu, uno de los tantos idiomas de ese abismal país. La película está en Netflix, dura poco más de tres horas y cuando termina querés más.




 

Modales

El tema del dinero es muy delicado en las relaciones entre las personas, incluso entre amigos, sobre todo entre amigos. Preguntarle a alguien cuánto gana, o cuánto le costó tal cosa o peor todavía, proclamar cuánto uno gana o cuánto le costó tal cosa es una vulgaridad. Por supuesto se puede comentar en cuánto se vendió una obra de William Turner en una subasta o cuánto vale una joya robada que apareció en las noticias. Pero en el plano personal el dinero es un asunto privado; no se pregunta y no se declara.



 

A propósito

Un millón de años atrás, cuando yo era joven, todo el mundo vivía enamorado. Era la clase de enamoramiento que te quitaba el hambre y te invadía el sueño. Lo primero que pensabas al despertar y lo último antes de dormir. Amores desgraciados, contrariados (casi siempre), tal vez imaginarios, de vez en cuando correspondidos. Es cierto que salgo poco pero no veo esa clase de amor en estos tiempos. Hay encuentros afortunados, pasiones efímeras, seducción de alto impacto pero nada que te lleve a tirarte abajo de un tren. Se cultiva el arte de la cacería y prospera la exhibición personal. Redes, un mundo nuevo, diferente. Ira en lugar de llanto. Carta documento si todo sale mal. La gente ama lo mejor que puede y da gracias al Cielo cuando tiene una relación confortable, una protección contra el melodrama. Conozco parejas felices. Unas cuantas. Y ahora que ya no existe el estigma del celibato, muchos adhieren de buen grado. Con esto me despido de ustedes, todo tranquilo en este barrio. Ya saben que están invitados al club del Viejo Smoking: hay sidra y baile. Es acá.


Tiré a la basura viejas radios y aparatos que ya no funcionaban.

Objetos que envejecen y no tienen arreglo.

Me siento como si hubiera bajado de peso.

Hasta el domingo,

Cecilia

 

 

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