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Itzhak Perlman, eximio violinista israelí, dijo a cámara mientras cocinaba: “Ham and eggs, better than sex”. Hay muchas cosas no sé si mejores que el sexo, pero considerables. Un masaje en los pies, por ejemplo. O que te laven la cabeza en la peluquería.



Lo más importante que debe tener una mujer, además de talento, por supuesto, es su peluquero.
—Joan Crawford

Mi hermano decía que las toallas no deberían mojarse y los médicos no deberían enfermarse. Yo agregaría que tu peluquera de toda la vida no debería vender su peluquería y retirarse solo porque quiso y se lo puede permitir. No voy a juzgarla, pero lo cierto es que perder a tu peluquera de toda la vida —perderla como peluquera, no como amiga— no es un asunto menor. Parece una frivolidad, de acuerdo, pero aun así. Gloria, de ella se trata, fue quien me señaló el lugar que su profesión ocupa en la vida de mucha gente. Por ejemplo: cuando Susana Giménez se separó con escándalo y cenicero de Huberto Roviralta se encerró en su linda casa de Barrio Parque ¿y quién fue la única persona a quien ella llamó y acudió de inmediato? Miguel Romano, su peluquero. Gloria García, mi peluquera de toda la vida, es una chica con pasado. En su momento fue figura en el Parakultural, que rompía con todo en la década del ochenta. Gloria fue alma mater de los Peinados Yoli, con Batato Barea, Ronnie Arias y unos cuantos más. Y con toda esa banda fue quien ilustró, convocada por Renata Schussheim, esos Raros peinados nuevos que presentó Charly García en el Luna Park en 1984, muchos de ustedes no habían nacido.

 

Gloria reinó en la Galería del Este en su época de oro con Susana “la teacher” Martín y finalmente puso su propia peluquería en un lugar privilegiado de Buenos Aires. Ella lograba milagros con el color y el pelo ni siquiera parecía teñido. Pero sobre todo, era quien decidía qué era lo mejor para mí: qué reflejos, qué corte, qué producto. No era solamente mi peluquera: era mi asesora de imagen, la que sabía qué hacer. Durante una breve temporada asistí a otra peluquería “invitada” por un programa de televisión (léase canje). Fue una experiencia desoladora, donde me encontré en un triste anonimato, atendida por chicas indolentes que solo querían venderme productos. Es cierto que no era feliz en aquel programa de televisión, pero esta peluquería colaboró con mi decisión de renunciar.

 

Tu peluquería personal, si es que vas regularmente a la peluquería, es algo que das por sentado como si fuera lo más natural hasta que la vida te lleva a la necesidad de elegir otra. Me decidí por una muy prestigiosa para no correr riesgos y porque me gustan sus avisos. De pronto noté que me sentía inquieta. Me importaba dar una buena impresión en una peluquería nueva. Me vestí como si fuera a una entrevista de trabajo: sobria y elegante. Dispuesta a construir una relación. Quería que me conocieran y me trataran bien; como dice la canción del legendario programa Cheers: “A veces querés estar donde todo el mundo sabe cómo te llamás”. Me fue bastante bien. Me hice amiga. Di buenas propinas. Volveré.





Odio todo

Odio a los que se avergüenzan de usar un refrán o un lugar común y cada vez aclaran “Como decía mi abuela…” No, amigo. Lo decía tu abuela, mucha otra gente y también cualquiera de nosotros hasta el día de hoy. Es cierto que algunas palabras y dichos pasan de moda pero no es necesario culpar a la abuela, que sería una forma de proclamarse joven cada vez que esos giros se rescatan del olvido.

Digo amigo porque respeto el masculino como modo genérico que propone el idioma castellano, pero en este caso, además, no creo haber escuchado a mujeres usar esa muletilla. Tal vez me equivoque, no sé.





Palabras

“De acuerdo a los vaivenes de la moda literaria, al plagio se lo ha llamado glosa, cita o apropiación. Los mexicanos llaman plagio al secuestro. Yo llamo secuestro al plagio. No vacilo en plagiar, sobre todo cuando tengo que ganar unos renglones para terminar rápidamente un artículo. Y —nobleza obliga y los párrafos anteriores lo prueban— para plagiar empiezo por casa. Eso sí: como plagiaria soy fetichista. Codicio menudencias y las atesoro como talismanes. Por ejemplo, las frases de Colette (‘bellezas de garage’ o ‘la criaron bien’). A esta pagana la admiré hasta el plagio —esta misma frase es un plagio, pero Dios me libre de hablar de paráfrasis— y la plagié hasta terminar admirándome a mí”.

María Moreno (El fin del sexo y otras mentiras)

 



 

Qué hay para ver

De las películas que vi de Batman, lo que le envidio a Bruce Wayne, más que su fortuna, es su mayordomo Alfred Pennyworth, Michael Caine en la trilogía de Christopher Nolan. La serie de HBO Max Pennyworth cuenta la historia de Alfred, Alfie para los amigos, cuando era joven. Recién salido del ejército británico, donde sirvió durante diez años, entrenado en un cuerpo aéreo especial, toma un empleo en un club nocturno y funda una empresa de seguridad. Fines de los años cincuenta, comienzo de los sesenta. Londres se ve chata y brumosa, parece pertenecer a otro sistema espacial y a un tiempo paralelo. Hay algo en la luz, en el diseño de los edificios, en el manejo del color, algo levemente sobrenatural que se dibuja con la línea dramática de un cómic. Son escenas de una violencia extrema y también postales de melancólica belleza, como cuadros de Edward Hopper. Hay toda clase de citas y homenajes, un agasajo a Alan Turing y una escena entera dedicada a Casablanca, con su correspondiente final.

 

La primera temporada es perfecta: no solo Alfie, cada uno de los personajes tiene entidad y textura; entre ellos figura Thomas Wayne, como un empresario estadounidense, digamos, que está haciendo negocios en Londres. La historia se desarrolla en un clima algo onírico, con algunos jugosos anacronismos. A fines de los años cincuenta hay castigos a los reos exhibidos por las calles de Londres como en siglos anteriores; la cantante del club nocturno donde trabaja Alfie está interpretando un tema de Amy Winehouse, o eso me pareció. Y más avanzada la historia, ya entrada la década del sesenta, Thomas Wayne mantiene una videollamada, una videollamada, con su jefa en los Estados Unidos a través de un televisor de la época, de contornos redondeados y la imagen algo trémula en blanco y negro.

Pennyworth tiene un humor exquisito, de la clase que no se toma el trabajo de señalarte que acaba de hacer un chiste. Sutil, sutil. No conozco a los actores. Hay disponibles en HBO Max dos temporadas de diez episodios cada una; por ahora las relaciones entre Alfie y Thomas Wayne, el futuro padre de Bruce, están muy lejos de lo que llegarían a ser. La tercera temporada está en camino.




 

Estilo

Una vez que la pandemia comienza a diluirse en el tiempo podemos observar algunos de los cambios significativos que nos dejó. El saludo con el puño, por ejemplo, tanto más apropiado que el tradicional beso indiscriminado e invasor. En cuanto a la ropa, las mujeres nos inclinamos ahora por colores más sobrios y menos adornos, nos bajamos de los tacos y con toda felicidad consagramos las zapatillas como el calzado universal (salvo situaciones especiales, claro). ¿Y los varones? Los varones se encuentran ante una encrucijada. La clásica oficina como lugar de trabajo está en franca decadencia ahora que quedó claro que todo puede hacerse desde casa.

Así las cosas, en el principio fue para ellos el jogging, mezcla de comodidad hogareña y depresión personal. Pero ya pasaron meses, nos libramos del barbijo casi por completo —algunos creyentes todavía lo veneran— y comienza a surgir un operativo clamor para que los hombres encuentren un estilo nuevo de trabajo, que sea cómodo sin perder la dignidad y se ponga a la altura de la mirada urbana. Es una gran oportunidad. Me pregunto qué propondría en este caso el arquitecto Adolf Loos, quien estudió la raíz del hombre elegante y escribió un libro que se llama Ornamento y delito.



 

A propósito

Mencioné más arriba la serie Cheers, una de las mejores de la época de oro de las sitcoms. Desde 1982 hasta 1993, Cheers iba los jueves a la noche, era una cita. Como tantos otros grandes clásicos de la televisión no tuvo un éxito inmediato y de hecho fue cancelada antes de que terminara la primera temporada. Pero finalmente decidieron continuarla y se convirtió en una serie de culto que hizo feliz a mucha gente. Cheers era el nombre de un bar en Boston que manejaba Sam Malone, un ex jugador estrella de béisbol: un joven y aún desconocido para nosotros Ted Danson. Detrás de él, su tímido ayudante era nada menos que Woody Harrelson. La gran Rhea Perlman —la mujer de Danny DeVito— era la ácida, siempre malhumorada camarera. Uno de los parroquianos era Kelsey Grammer como el doctor Frasier Crane, quien tuvo después su propia sitcom. Cheers obtuvo 28 premios Emmy sobre 117 candidaturas y estuvo entre los primeros diez puestos de audiencia en 8 de sus 11 temporadas. La canción de apertura dice, entre otras cosas, que a veces uno quiere ir adonde todos te conocen y te llaman por tu nombre. Estoy de acuerdo. Me voy al bar, entonces, el de la esquina de mi casa. Hasta el domingo que viene, como siempre a las seis. Quedan invitados, al bar de la esquina de mi casa y también al club del Viejo Smoking. Es acá.
 


Frasier está en Flow, pero doblada al castellano.

Igual necesitaría subtítulos.

Hasta la próxima,

Cecilia

 

 

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