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Cuenta John D. MacDonald que en las pocas reuniones a las que asiste nunca falta quien se le acerca sonriente a saludarlo y con alegre aire conspirativo le dice “Sabe, yo siempre quise escribir”. En una época yo trataba de ser amable, continúa MacDonald, pero actualmente contesto con la misma jubilosa excitación “Sabe, yo siempre quise ser neurocirujano”.



Solo un gesto de sencilla humanidad, una sonrisa hablada, un apretón de manos verbal.
—Henry James


 

En el colegio todas mis compañeras tenían una mejor amiga como si viniera de fábrica. Siempre me pregunté cómo hacían. Subía al colectivo y las chicas de guardapolvo viajaban de a dos o de a tres, charlando, muy amigas. ¿Cómo hacían? Yo tenía la sensación de que llegaba tarde a toda forma de grupo social. En la escuela secundaria esto se hizo más evidente; estuve a punto de poner lacerante pero me contuve. No era para tanto. Como la menor de cuatro hermanos de una generación anterior a la corrección política, es decir, con padres que no nos prestaban la menor atención, me acostumbré a arreglármelas por mi cuenta. Con el tiempo comprendí que hacer amigos o sencillamente vincularse con los otros es un oficio como cualquier otro: requiere de cierta destreza y práctica.

Mi hermana la del medio en ese sentido era una artista: ella podía hacer amigos en la cola del supermercado, en el check-in de un aeropuerto, con el vecino de carpa en la playa: yo la miraba con admiración. Era simpática, siempre de buen ánimo, el alma de la fiesta, mientras yo, a un costado, me fatigaba de solo verla. Ahora en las clases de tai chi chuan recupero esa sensación de aislamiento que tenía en la escuela y comprendo, tarde, que existe una herramienta específica de expresión que no manejo. Se trata de dominar una forma de conversación que no sé cómo llamar pero tiene un lindo nombre en inglés: small talk; no tiene una buena traducción, o yo no la encuentro. Una “charla pequeña” no significa necesariamente decir tonterías, ni siquiera hablar del clima. Es una forma de intercambio personal a través de las palabras, algo que va un poco más allá de los saludos iniciales y se prolonga en comentarios livianos, más bien amables, nada serio, solo un pretexto para seguir en contacto.

 

El otro día, en el colectivo, yo ocupaba uno de esos asientos que miran hacia atrás y quedan frente a otro asiento doble, como en un tren. Ahí viajaba una mujer hermosa y enorme que llevaba en brazos a una criatura y al hombro un bolso de buen tamaño, aunque no llegaba a ocupar del todo el asiento contiguo. La mujer que iba a mi lado, muy delgada, más de setenta, inquieta, se le acercó en cruce diagonal y comenzó a hablarle, yo no alcanzaba a escuchar. “Le quedan”, dijo la mujer hermosa haciendo un gesto con la mano sobre su cabeza. Entendí que hablaban de la kipá. De pie, a cierta distancia, viajaba el marido de ella y padre de la criatura, muy alto y delgado con elegante sobretodo negro y una kipá de buen tamaño apenas distinguible sobre su pelo. Me río ahora de solo recordar la escena. Entendí que Más de Setenta, en un alarde de envidiable coraje social, le preguntó a Mujer Hermosa si su marido usaba una horquilla para sujetar la kipá. “No”, dijo ella sonriendo. “Les quedan. Y lo mismo va a pasar con él”. Más de Setenta apenas pudo disimular su sorpresa. Todos creímos que la criatura en su falda era una niña rubia con su pelo atado en la nuca. “Sí” dijo Mujer Hermosa. “No es una nena. Es un varón con pelo largo”. Se notaba que repitió esa frase un millón de veces. “No lo tocamos hasta los tres años. Cuando cumple tres años le cortamos el pelo y le colocamos…” Ella dijo encajamos, sonriendo, y simuló la kipá con la mano a punto de encajarla sobre su cabeza.

Es un poco extremo como ejemplo de small talk, estoy de acuerdo. Sin llegar a temas filosos como atuendos rituales y asuntos de género, hubo un arte ahí, en esa conversación, un talento y sobre todo coraje. Yo no los tengo, ni el talento ni el coraje. Y cuando muy rara vez me encuentro hablando con algún compañero de la plaza en una pausa de las clases de tai chi siempre encuentro la manera de espantar al otro o de plano aburrirlo. No logro detenerme a tiempo.

 

Creo que tampoco se trata de las palabras en sí, la cantidad o naturaleza. Es otra cosa. Es el mero contacto con el otro porque sí, amable y sencillo, solo la afirmación de un vínculo, nada especial. Parece fácil pero no lo es. Por lo pronto hay que tomarse un poco menos en serio a uno mismo. Dejarse llevar por comentarios pasajeros, disfrutar de las llamadas cosas de la vida. Algunos tienen ese don, que admiro y me gustaría emular. Lo considero un género, no literario sino personal, activo, físico y verbal.





Odio todo

Hay un banco que me ofrece [la posibilidad de] ir a Qatar si solo convenzo a un amigo de abrir una cuenta en esa casa. ¿Qué les pasa? ¿Soy un agente de ventas? ¿Soy la señorita Avon? Otras empresas me invitan a responder una encuesta porque les importa mucho mi opinión. La primera pregunta es ¿Recomendaría esta empresa a un conocido? ¿Por qué diantres iba a hacer eso? Mis amigos son adultos y eligen sus propios bancos. Otro aviso me pide que al responder a su consigna arrobe a dos amigos. Repito: ¿Qué les pasa? ¿Vamos a naturalizar la versión doméstica del esquema Ponzi?





Palabras

“Mientras estudiaba los aspectos científicos del juicio, Stern tuvo un repentino y perturbador reconocimiento del plan de la Naturaleza: nosotros nos mezclamos y nos apareamos como parte de su propósito de combinar y reformular eternamente el ADN de la humanidad. Ella, la Naturaleza, siempre busca un mejor equipo de cromosomas. Desde su perspectiva los humanos somos en esencia una raza que todo el tiempo cambia de forma, que estamos presentes durante un tiempo antes de dejar atrás nuestro material genético. Todos somos los hijos tontos de la Naturaleza, por instinto nos engañamos convencidos de la importancia de El Ser Individual”.

Scott Turow (The Last Trial)

 



 

Qué hay para ver

Netflix tiene en el aire un nuevo especial de Ricky Gervais: SuperNature. Lo llama así porque viene dispuesto a rebatir lo sobrenatural: lo que hoy nos parece sobrenatural, dice, es algo que todavía no comprendemos. El hombre es brillante. Al comienzo del espectáculo se toma el trabajo de explicar qué es la ironía, por qué el público se ríe aunque él diga algo muy incorrecto. El público se ríe, dice, porque sabe qué es lo correcto, por lo tanto detecta la diferencia y el chiste le causa gracia. Eso es la comedia, concluye. Ningún tema lo intimida. Habla de la cancelación como la pesadilla contemporánea, analiza casos, nombra gente, es despiadado. Se mete con el SIDA, con los musulmanes, con el aborto, con el transgénero, con todo.

Habla de la corrección política que se ha propuesto vigilar el lenguaje para proteger a las minorías. Pero él se jacta de saber lo que son las minorías: “Tenemos un 5% de negros, un 5% de asiáticos, un 5% de LGTBQ. Yo soy un hombre blanco, heterosexual y multimillonario, hay menos del 1% de nosotros. Pero ¿me quejo? ¡No!” Te hace reír, pero repite demasiadas veces cuán rico es. “Soy como Rosa Parks, pero yo defiendo el derecho a nunca tener que viajar en ómnibus.” Se tienta con sus propios chistes, no sé si le creo, no sé. Me reí, es cierto, pero no me hizo feliz. Hay artistas a los que uno ama y artistas a los que uno solo admira. No es lo mismo.




 

Modales

Algunas personas no son conscientes, o tal vez sí, del volumen de su propia voz. Hablan mucho y muy fuerte. A veces agregan sonoras carcajadas. Por favor, no griten. No griten.



 

Estilo

Entre las cosas que decido tachar al corregir un texto observo que casi siempre son chistes, juegos de palabras, licencias, lo que mi hermano llamaría “vivezas”, estilo que en general me he permitido hasta ahora porque tiendo a creerme muy viva. Observo que también en la escritura se producen cambios con la edad. Como tantas otras cosas, ya no estoy en edad de jugar con el lenguaje. Por ejemplo. Escucho religiosamente los cuentos de medianoche que lee Quique Pesoa por radio Nacional. El otro día, para mi pasmosa sorpresa leyó un cuento mío escrito muchos años atrás: Rosenberg. Me sentí tan ufana que me costó concentrarme. Entonces escuché el cuento como si fuera de otro y me produjo lo que se conoce como “sentimientos encontrados”. Por un lado me sorprendió lo elaborado de la prosa, cada frase es una pieza; por otro lado me avergonzó un poco porque es un texto donde se nota el trabajo; como diría Leonardo D’Espósito, está demasiado escrito. Solo ahora reparo en esto, a la hora de tachar. Los excesos literarios, lo mismo que las jergas juveniles mal usadas pueden caer en la caricatura.




 

A propósito

Lo mejor que hizo Ricky Gervais, en mi opinión, es Extras (2005–2006) que por el momento no está disponible en las plataformas pero no perdemos las esperanzas. Andy (Gervais) y su amiga Maggie (Ashley Jensen) son actores del equipo de extras en diversos rodajes de películas y funciones de teatro. Cada episodio gira en torno de una figura invitada, que es el protagonista del film o la obra de la cual ellos son extras. Pasaron por ahí Ben Stiller, una memorable Kate Winslet, David Bowie, Daniel Radcliffe, Orlando Bloom y Sir Ian McKellen entre otros. Pero no son exactamente visitas estelares. Son artistas consagrados que en esa filmación muestran un costado inesperado que los deja mal parados, alguna bajeza, vicio o abyección. Stephen Merchant es coautor y codirector de la serie con Gervais y hace el papel de Darren Lamb, su agente y profesionalmente su peor enemigo. Extras es extraordinaria y cruel, te deslumbra y también te hace sufrir. Tal vez reaparezca en algún momento como ocurrió con otras joyas del pasado. Estamos esperando. Mientras tanto seguimos adelante con lo que hay. Los encuentro la semana que viene en este mismo lugar y quedan invitados al club del Viejo Smoking que no se toma vacaciones. Es acá.
 


Ayer se entregó la copa Molque en un torneo de Scrabble.

Homenaje a una campeona.

Debe estar celebrando en alguna parte, bailando salsa y tomando champagne.

Hasta el domingo

Cecilia


 

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