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Qué difícil se te hace terminar un libro que te gustó.

Quedan pocas páginas, no, no, no.

Leés una página y vas a prepararte un té.

Leés dos páginas más y decidís bajar a comprar naranjas.

Cualquier pretexto es bueno para postergar el final, ese vacío, ese duelo.




La mujer que se cree inteligente demanda igualdad de derechos con el hombre. La mujer inteligente no lo hace.
—Colette


No recibo muchos libros de regalo y son pocos los que me interesan. Algunas publicaciones en realidad me llaman la atención. Libros eruditos y llenos de citas sobre temas como el maquillaje. El maquillaje literal, no es una metáfora, con uso discrecional de las marcas pertinentes a la manera de Bret Easton Ellis en American Psycho treinta años atrás. Soy mala, parece decir la narradora, pero mala con formación académica. Hay libros con diálogos de intelectuales, políticos y periodistas. Hay teorías económicas y científicas. Pero a la hora de leer yo prefiero que me cuenten un cuento. Wim Wenders habla de los cuentos cuando se refiere a sus películas. Dice que más allá de la simple diversión y la curiosidad, una historia te da la sensación de que hay un sentido, de que detrás de esa inverosímil maraña de fenómenos se esconde un orden último, una razón. Las personas desean un orden, dice Wenders, más que cualquier otra cosa: algo que pueda funcionar como un sustituto de Dios si estás abrumado por la preocupación o la duda.

Las historias, dice Wenders, son formas de supervivencia, ayudan a los hombres a vencer sus grandes angustias, la angustia de que tal vez no haya un Dios, en cuyo caso ellos serían diminutas partículas flotantes perdidas en un universo desbordado. Las historias, dice Wenders, hacen la vida soportable y son un antídoto contra el terror. Por eso los niños quieren escuchar historias antes de dormir y por eso los cuentos deben tener siempre un final feliz.

No solo los niños. Yo escucho cuentos antes de dormir y no conozco un barbitúrico más eficaz.

 

Muchos años atrás, cuando era joven y tonta, no dominaba el arte de callarme la boca: discutía con los profesores (me echaron del colegio en tercer año), me metía con los varones porque entendía de autos (tenía un hermano), usaba palabras, desbarataba lugares comunes. Así fue, de puro tonta, que me hice fama de “inteligente”. A mi alrededor observaba en la conversación habitual otros defectos exaltados como virtudes, como llamar “distracción” a la estupidez, “prolijidad” a la avaricia o “ambición” a la simple maldad. Con la misma condescendencia era inevitable que me calificaran de “inteligente” al presentarme a alguien en una ocasión social. Hacían incluso una especie de reverencia como si me hubiesen hecho un cumplido, cuando en realidad con ese comentario me sacaron del juego, tomaron una brocha de grueso calibre y me tacharon con una cruz.

 

Ahora me río de un invento contemporáneo llamado “inteligencia emocional”.

¿Qué es la inteligencia emocional? La definen como la capacidad de controlar tus emociones. Dominar el miedo. Llevarte bien con los demás. Inteligencia emocional: veo un oxímoron ahí. Una persona es inteligente o es emocional. Si es lo suficientemente inteligente podrá dominar sus emociones, se hará cargo de sus miedos y encontrará la manera de ser amable con los demás, un mínimo común denominador. Ahora bien, si es muy inteligente no prestará atención a sus emociones, no le importará llevarse bien con los demás y el miedo, si es que en algún momento tiene miedo, será uno más de sus temas de reflexión.

¿Inteligencia emocional? Es la clase de asunto que llena estantes en las librerías y genera seminarios; hoy parece indispensable para sobrellevar las tribulaciones humanas. Yo prefiero la inteligencia mental, la clásica y original. La de Stephen Hawking por ejemplo, que dejó a su mujer y se casó con su enfermera. No solo eso, el ex marido de su nueva esposa, el hombre que manejaba la tecnología de sus complejos medios de comunicación, siguió trabajando para él.

¿Inteligencia emocional? No creo.

 

 

 


Odio todo

Algunos comunicadores han comenzado a usar una tosca traducción de la expresión inglesa “twenty-four seven”, que significa veinticuatro horas por día, todos los días. Ahora escuchamos decir en castellano “veinticuatro/siete”, un nuevo dolor para el oyente. En inglés, un idioma que ama las siglas, suena mejor.





Palabras

“Bueno, no es exactamente ciencia espacial -dijo Shannon sonriendo. — Todos buscamos la estrategia de supervivencia que nos resulte más cómoda. Y si un día nos encontramos en una situación, personal o social, y vemos que las cosas ya no funcionan, entonces habrá que encontrar otra estrategia, aunque tal vez algo menos confortable. La estrategia confortable es la que sigue las reglas de la sociedad de manera que no nos exponemos a las sanciones. También conocida como conducta moral. Si eso tampoco funciona entonces rompemos las reglas. Somos oportunistas de corazón, por eso todo el tiempo queremos vender nuestra alma. Solo que algunos de nosotros pedimos un precio diferente de otros.”

Jo Nesbo (El Reino)

 

 

 

 

Qué hay para ver

Una de las grandes películas de Wim Wenders es París, Texas (1984): Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski, con libro de Sam Shepard. Travis (Stanton) camina por el desierto sin equipaje y sin destino. No habla, parece perdido. Lo encuentra su hermano Walt (Dean Stockwell) y lo lleva a su casa, donde vive con su mujer y con su hijo, el de Travis, a quien Walt y su mujer crían como si fuera propio. No puedo contar el argumento, no es esa clase de película. Es dolor, atardeceres agónicos, desierto infinito y una banda de sonido desgarradora. Es amor, redención y entrega. Y allá lejos, como al descuido, un reflejo terrenal de la Santísima Trinidad. Ya no hacen películas así, tan bellas y atrevidas. Por suerte París, Texas está disponible en Amazon. Y en Youtube.

 



 

Estilo

Cuando yo era chica no existía usar pantalones en la ciudad. Podías usar pantalones los fines de semana y si era en un picnic, mejor. Eso comenzó a cambiar cuando llegaron los primeros jeans de Estados Unidos, los Lee: principal objeto del deseo de la época, eran de contrabando. El portaligas murió cuando llegaron las panties. Después del fervor combativo de los años sesenta la ropa interior volvió al primer plano con renovada furia y derrochando glamour. Estas no son modas, son cambios profundos en la manera de andar por el mundo. Y el cambio más reciente, me atrevo a conjeturar, es el rescate de las zapatillas más allá de su zona exclusiva del deporte y la extensión de su dominio a toda forma de vestuario masculino, incluída la de etiqueta.

En la reciente entrega de los premios Konex a las Artes Visuales fue evidente la aparición de las zapatillas blancas en perfecta combinación con toda clase de propuestas, desde el intachable traje gris hasta el equipo multicolor y descontracturado. Las zapatillas blancas, refulgentes y lujosas pasaron a una categoría superior.




 

A propósito

Me imagino que el señor Adidas y el señor Nike respiraron aliviados porque finalmente comprendí el lugar que ocupan las zapatillas en la vida contemporánea. Para eso tienen montados talleres y fábricas de la más alta sofisticación. Hay mucha pasión involucrada, jugadores míticos, prestigio y fortuna. De pronto se pone de moda una marca como Under Armour; Adidas quiere librarse de Reebok y Nike tiene sus propios problemas. Aun así forman el sostén de la nueva aristocracia: el deporte, la indumentaria y sobre todo las zapatillas. Consideré la idea de correr esta mañana el maratón pero me abstuve a tiempo. Preferí quedarme en casa con el Viejo Smoking. Están invitados al club, por supuesto. Es acá.
 

Hicieron una versión femenina del increíble Hulk.

Verde y colérica.

Algo muy difícil de ver.

Hasta el domingo,

Cecilia

 

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