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Hoy no estoy para tonterías.



Envejecer con gracia consiste básicamente en no tratar de verse joven.
—Iris Apfel

 

Nuestro tema de cabecera siempre ha sido una indagación sobre la edad. La edad avanzada. Porque el tiempo es imparable, inexorable y cada vez más veloz. Pero no hablamos de la muerte. Solo Julian Barnes es capaz de escribir un libro sobre la muerte que te hace reír a cada rato. Se llama Nada que temer y recorre todas las formas posibles del miedo a la muerte, a la vejez y a la falta de fe en Dios. Del miedo a la muerte me libré muchos años atrás, cuando leí una novela de Simone de Beauvoir que hablaba sobre la inmortalidad. Todos los hombres son mortales. Por tentadora que por momentos podría parecer la idea de no morir, ese libro dejó en claro cuál es el problema de la eternidad: el tedio. Dejemos de lado la cuestión de la fe, cada uno elige su propio camino de trascendencia. Solo nos queda la cuestión del miedo a la vejez. Porque nadie está libre. Yo odio todo, como sabemos, lo vengo declarando desde el minuto uno. Pero si hay algo que casi todo el mundo odia al unísono es la palabra vejez.

 

Recuerdo el impacto que me produjo cuando era chica una frase del libro Justine, el primero del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. El hombre se llamaba Nessim. “Los sentimientos que se acumulaban en él ya no admitían ningún análisis. ‘Muy bien’ — Justine le oyó decirse a sí mismo frente al espejo—. ‘Creo que esa zorra judía me ha devorado la vida’.” Yo, que nací y me crié en una casa judía donde se hablaba en ídish, que por las tardes iba a la escuela Bialik en lugar de escuchar por la radio a Tarzán y Tarzanito, que no ocultaba el hecho de ser judía pero tampoco lo proclamaba, involucrada como estaba, nunca había visto la palabra “judía” en un contexto tan diferente. Una mujer magnética y atrevida a quien el narrador considera la representación misma de la turbulenta ciudad de Alejandría, esa mujer era definida como una “zorra judía” por el hombre que la amaba con desesperación. Vi que no existía en el mundo algo más sofisticado y deseable que una zorra judía. Una palabra puede cambiar de lugar y dar vuelta una idea.

Me pregunto si es posible lograr algo parecido con la vejez. Ya sé que no es fácil. Abunda la clase de vejez que Philip Roth definió como una masacre. Cierto. Nunca es fácil, aun cuando se haya podido evitar la masacre. El cuerpo ya no sabe qué inventar para molestarte. Y la sociedad a su vez pasa de cederte el asiento en el colectivo a tumbarte con un golpe de hombro por la calle porque no te han visto o no les importa.

 

Acá viene la parte que me toca en este asunto si no quiero quedarme en un lugar menesteroso. Veamos. Lo primero es admitir privada, íntima, calladamente, que sos vieja. Aunque te sientas bien y te veas mejor. Sos vieja, hermana, qué vas a hacer. Por lo pronto tendrás que seguir un curso y aprender. También en la vejez hay que educarse con toda la crudeza que tu orgullo te permita. A esta altura de la vida pasarla bien es un arte y, como en todo lo demás, se aprende mucho a partir de los errores.

Ya sabemos que con los años vamos haciendo cambios, por ejemplo en el vestuario; ahora evitamos estridencias y provocaciones. Una digresión. Estuve viendo una serie de televisión donde aparece Neve Campbell con sus espléndidos 50 años. Es una de esas mujeres que se llevan bien con la edad. En esta serie —El abogado del Lincoln— es una reconocida fiscal y se viste como era de esperar, con trajes austeros y profesionales. Pero en todos los casos completa el equipo con un top escotado, bastante escotado. Que no era necesario. El subtítulo tácito parece decir: “Seré fiscal del distrito y tendré alrededor de cuarenta (en la ficción) pero no olviden que soy súper sexy”. Ella sería súper sexy con una blusa cualquiera o con una bolsa de consorcio. Alcanza con la mirada. Y el hecho de que sea fiscal de distrito. Fin de la digresión. A la hora de vestirnos lo que buscamos ahora es un estilo que no nos ponga en aprietos, que no sea necesario sostener, que no llame una indeseada atención.

 

¿Qué hacer, entonces? ¿Nos vestimos de gris y nos guardamos en el placard? No, buscamos un estilo. Por suerte ya no se trata de verse sexy. Al menos en este barrio. Se trata de pasarla bien. Dicho de otra manera, se trata de ser feliz. Para ser feliz a esta altura de la vida hay que pensar con mucho cuidado qué hacer, qué decir y especialmente adónde ir. Por lo pronto es bueno trabajar, siempre. El trabajo, aunque muchas veces da disgustos, es lo que te salva y te consuela. Más difícil es aprender a callar. Descubrir que no es imperativo participar siempre. No es necesario opinar sobre todas las cosas, contar viejas anécdotas, terminar las frases ajenas, sentenciar desde el “saber”, en fin, mantener una participación activa que tal vez, solo tal vez, a nadie le interese. Estamos ante otra generación, se habla de otros temas, en otro idioma. Tal vez, solo tal vez, sea más interesante observar esas mismas conversaciones desde fuera, ver esa película.

Por último pero no menos importante, hay que saber adónde ir y sobre todo, adónde no ir. Ya no estás en condiciones de entrar como una reina a todas partes, aun cuando estés invitada. Tampoco es obligatorio ir a todas partes. Supongo que las cosas son diferentes en una pareja, pero dondequiera que vaya, una chica grande tiene que a) estar segura de que va a ser bienvenida, que no daría lo mismo que fuera o no fuera. b) debe procurarse transporte para no depender de la amabilidad de los extraños como Blanche Dubois. Y c) detectar el momento justo para retirarse.

Si puedo ser una zorra judía puedo cualquier cosa. No tengo nada que temer.





Odio todo

Así como admiro a la gente que va por la vida en bicicleta aunque tenga un Mercedes Benz en el garage, del mismo modo me dan risa los que usan esos absurdos monopatines eléctricos o como se llamen, serios, como mirando de frente al futuro. Tal vez muertos de miedo.





Palabras

“Natalia Morales era mi tía y murió mientras dormitaba cuando yo tenía seis años. La despedimos con una misa de cuerpo presente que se cantó con diácono, subdiácono, responso y vigilia. Entonábamos tranquilamente “Oh María, madre mía, oh consuelo del mortal” cuando Natalia se incorporó en el cajón, refregándose los ojos y preguntando por los zapatos. Yo sentí que me goteaban las coyunturas; en cuanto a ella, no volvió a morirse en el acto porque un oportuno desmayo la tumbó de nuevo en el ataúd. La gente de Pajaritos estaba mandada a hacer para esta clase de asuntos. De los presentes no quedó uno solo y durante más de seis meses nadie quiso venir a mi casa”.
 

Eduardo Belgrano Rawson (No se turbe vuestro corazón)

 



 

Qué hay para ver

Michael Connelly es un prolífico autor de novelas policiales reunidas en su mayoría en torno de dos personajes: El abogado del Lincoln, un hábil profesional que prefiere trabajar en su auto (Lincoln) y no en una oficina, y Harry Bosch, un detective de la policía que se convierte en investigador privado. Va y viene. Ambos personajes son amigos y en algunas novelas se visitan. Ahora se han estrenado dos nuevas series sobre libros de Michael Connelly, quien también figura como productor ejecutivo en ambas.

Ya existían algunas temporadas de Bosch en Amazon. Pero yo había leído los libros y no pude encontrar a Harry Bosch en el actor elegido para la serie; me faltó el humor y la potencia que muestra en las novelas. En esta nueva temporada El legado aparece en primer plano su hija Maggie, que se recibió de policía y entró en el Cuerpo como novata. Es un lindo personaje, aporta juventud y conciencia moral.

 

El abogado del Lincoln, en Netflix, una producción de David E. Kelly (soy fan) es un caso parecido. Leí los libros y no coincido con la persona a cargo del casting. Pero eso pasa siempre. Es raro encontrar una versión televisiva que sea mejor que el libro. Se me ocurre un solo ejemplo: My brilliant Friend, de HBO, es mejor que los libros de la misteriosa Elena Ferrante. Pero hay algunas películas o series sobre libros que leíste y al verlas te apenás en silencio. La película El jilguero, sin ir más lejos, de John Crowley sobre la novela de Donna Tartt. Toma a pinceladas gruesas el esqueleto de una zona de la trama y deja fuera el verdadero corazón de la historia. O The Children Act, de Richard Eyre sobre el libro de Ian McEwan, una película anodina, una más, seca y fría a pesar de Emma Thompson y Stanley Tucci. Pero la novela me hizo llorar. ¿Cuántas veces un libro te ha hecho llorar?



 


A propósito

Los policías e investigadores británicos por lo general aman la ópera, como el inspector Morse, que siempre está escuchando un aria cantada por una soprano. Los policías e investigadores estadounidenses en cambio aman el jazz. Harry Bosch, nacido Hyeronimous por una devoción artística de su madre, es un conocedor profundo y amante del jazz; su perro se llama Coltrane. John Connelly (no confundir con Michael Connelly) creó un policía llamado Charlie Parker. Bien. Eso es todo por ahora. Cumplimos tres años la semana pasada. En algún momento vamos a celebrar, o al menos vamos a intentarlo. Por ahora me despido hasta el domingo que viene. El club del Viejo Smoking está siempre a disposición. Es acá.
 


Hoy no estoy para tonterías.

No insistan.

Hasta el domingo,

Cecilia

 

 

Todos los domingos voy a escribir acá sobre una forma diferente de llegar a viejo.
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