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Homero Alsina Thevenet recomendaba abstenerse de contar sueños porque nada aburre más al lector, por lo tanto no voy a contar que iba por la costa de la isla de Capri en un auto descapotable y, sentado al aire libre con gesto mundano, anteojos oscuros y un martini en la mano, al pasar me saludaba Jacobo Winograd.



La elegancia es pulcritud.
—Andy Warhol


El libro más reciente de Stephen King, If It Bleeds (no creo que lo traduzcan como Si sangra) consta de cuatro largos relatos, casi novelas cortas. El primero, El teléfono de Mr. Harrigan, es inesperadamente amable y conmovedor; incluso la gota sobrenatural de la historia, la marca registrada del autor, es encantadora. Un tono raro en él, se nota que estaba de muy buen humor. El segundo relato es otra cosa. Lo comencé ayer y solo leí unas páginas antes de cerrar el libro con una peculiar sensación de angustia; acá no hay fantasmas ni personas con raros poderes: es apenas la muerte de internet. En el pueblo de Marty Anderson, tal vez en todas partes, el servicio comenzó a fallar, cada vez con mayor frecuencia, hasta que sencillamente bajó la cortina y murió. Desaparecieron las plataformas de televisión, ahora solo funcionan de a ratos un par de estaciones locales. No hay cobertura para los celulares. Los arreglos viales se suspendieron y el tránsito se convirtió en una pesadilla. Llega la noticia de que California se hunde en el mar y Nevada se llenó de inmigrantes. Cerca de la casa de Marty se abrió un pozo enorme en el pavimento y no menos de treinta autos cayeron al abismo con sus pasajeros dentro.

 

Pienso en la muerte de internet: el regreso al papel, las notas impresas, la visita al archivo de la editorial solo para constatar un dato, llevar el artículo en persona a la redacción. Reaparición triunfal del teléfono de línea, dramática reducción de las comunicaciones, aislamiento social automático, caída del negocio de ventas por glamour, revisión del concepto de influyente, renacimiento de los diarios (tal vez). Algunas series de televisión han jugado con la idea: en un episodio de CSI tuvieron que arreglárselas sin internet. En un alarde de memoria y eficacia, los científicos fueron capaces de reconstruir por otros medios lo que una máquina electrónica resolvía en cuestión de minutos. Cerré el libro y me costó dormir, como es lógico, y esta mañana me sacudí cierto malhumor matinal para sentarme a la máquina. Y qué creen: estoy sin internet.





Odio todo

Odio a la gente que se burla del teléfono de línea. Ya van a ver.





Palabras

“Shostakovich aconsejó una vez a un violinista sobre el primer movimiento de un cuarteto de Beethoven: ‘Tócalo de tal manera que las moscas caigan muertas en el aire’.”

Julian Barnes (Nada que temer)

 



 

Qué hay para ver

Terminó la sexta y última temporada de Better Call Saul, tal vez una de las mejores series de todos los tiempos, junto con The Wire, The West Wing y The Killing. Muchos agregan Breaking Bad, sin duda una serie excelente. Pero a cierta altura yo tuve que abandonarla porque no me daba el estómago. A cierta altura abandoné también a Los Soprano, en este caso por algo parecido al tedio hacia el final. Después de ese sublime comienzo, esa epifanía que Tony Soprano experimenta cuando encuentra los patos en su piscina, después de esa relación intensa y contenida que establece con su analista, con eso me di por hecha y como dije, a la cuarta o quinta temporada me fui.

Son pocas las series que te atrapan hasta el final cuando tienen muchas temporadas. No vi la última de This Is Us, por ejemplo. Estoy segura de que es muy buena pero ya tuve bastante. En cambio Better Call Saul se ve con hambre hasta el último minuto.

 

Cuando creíamos haberlo visto todo en cuanto a héroes y villanos apareció Jimmy McGill, alias Saul Goodman, un personaje difícil de clasificar. Es aquel abogado inescrupuloso que aparece en la célebre Breaking Bad y ahora protagoniza su propia historia en Better Call Saul, que transcurre seis años antes de su encuentro con Walter White. Es aventurado de mi parte comentar esta serie, no sé si estoy a la altura de su calidad visual y argumental, si puedo definir la perturbación moral que provoca en el espectador poco avisado. Better Call Saul es el slogan que usa para promocionarse como abogado penalista una vez que consiguió el título, aunque nunca dejó del todo su pasado de estafador.

Con un talento notable para mentir y manipular a sus “presas”, Jimmy no tiene límites; encara con idéntico entusiasmo la gran estafa y el hurto menor. Pero es un abogado extraordinario. Podría ser uno de los grandes si no fuera por el desdén que siente por él su hermano mayor. El gran Charles McGill ni siquiera lo considera abogado puesto que obtuvo el título en una universidad ignota de un lugar imposible tipo Samoa.

 

Es un profundo misterio cómo Jimmy enamoró a una mujer como Kim Wexler, una brillante abogada, atractiva, codiciada, con un buen cargo en un estudio importante, precisamente el estudio de Charles “Chuck” McGill. Sin embargo Kim permanece junto a Jimmy, padece de a ratos sus desatinos, pero poco a poco también ella se deja arrastrar por la tentación del delito, como una droga sutil pero tenaz que a él lo tiene por completo amarrado.

La sexta temporada comienza como de costumbre, desafiando al espectador con una imagen por completo inesperada, diferente de todo lo que vimos hasta ahora. En un dramático blanco y negro, vemos a un señor calvo de anteojos manejar máquinas industriales de repostería donde la cámara se demora en tomas de sensual nitidez. No sabemos por ahora cómo llegó a manejar un local de pastelería en un shopping ni por qué. Solo al final se comprende el principio. Podría seguir con el manejo del color, la luz de Alburquerque, esa guitarra que gime en la breve y borrosa introducción de cada episodio y la presencia de Jonathan Banks, el hombre que puede mostrar quién manda con solo una mirada. Better Call Saul está en Netflix.

Jimmy McGill es un gran abogado y también es un ladrón. Por detestables que sean algunas de sus acciones, por guarango, estrafalario o cursi que se muestre por momentos, no importa lo que haga, te rompe el corazón.




 

Estilo

Durante mucho tiempo pensamos que nunca nos libraríamos de los pantalones de tiro bajo y sin embargo ocurrió. Tomó su tiempo pero ocurrió. Ahora creo que nunca nos vamos a librar los jeans rotos. Es una lástima porque Buenos Aires es una ciudad de gente elegante, se nota al viajar por otras partes de Latinoamérica donde al parecer la moda no es un tema.

En Buenos Aires casi todas las mujeres están bien vestidas, con ropa cara o con ropa barata, no importa. Los colores combinan, hay una intención, un criterio. Los varones, por su parte, parecen estar en un momento algo difuso. El traje ha quedado fuera de juego y ahora deben encontrar un equipo nuevo, el de la gente que trabaja en su casa.

Las mujeres hemos sobrevivido a muchas calamidades, como las calzas y las plataformas. Pero los jeans rotos, que nacieron en los años ochenta como una declaración política, hoy solo transmiten falta de higiene.



 

A propósito

Ese malhumor rampante con que amanezco me evoca mi adolescencia, cuando despertaba cada mañana enojada con el mundo. Tenía motivos: me iba mal en la escuela, no tenía amigos, mis padres me ignoraban y mis hermanos me despreciaban porque me la pasaba llorando. Me di cuenta de que éramos ricos cuando fui, por asuntos de la escuela, a las casas de algunas compañeras. Las casas eran sencillas, yo vivía en un palacio. Pero el esplendor económico solo llegaba hasta mis hermanos mayores. Yo heredaba. Pobre niña rica. Y judía. Desde acá lejos puedo ver lo tonta que era, pero ya sabemos, no es fácil ser niño.

Ahora no tengo motivo alguno para despertar de mal humor, la gente que me importa me quiere y me gusta mucho mi casa. Es la vejez, sospeché. Pero no es cierto. Solo tengo que vencer la pereza y sentarme a la máquina. De inmediato cambia el humor. No me molesten, estoy de viaje. Vuelvo el domingo que viene, como siempre a las seis. O cuando gusten. Pueden visitar si quieren el club del Viejo Smoking que para eso está. Es acá.
 


Dormitorio principal de dos ambientes.

Un sofá de seda blanca en el recibidor.

Baño en suite de mármol negro.

Hasta el domingo,

Cecilia

 

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Smokings viejos
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