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Mi amigo Ernesto Mallo, que vive en España desde hace tiempo, se enoja con una Paty Lopez (ella lo escribe sin acento) por publicar en Facebook una nota mía como si fuera suya. “Es una verdadera vergüenza que no se mencione en este post a Cecilia Absatz quien es la autora de esta nota”, escribe Mallo. Con algunas modificaciones que no hacen más que afearlo, el texto recibió nada menos que 754 comentarios y fue compartido 3.700 veces. Que los disfrutes, Paty Lopez Sin Acento.



¿La diferencia entre ficción y realidad? La ficción debe tener sentido.
—Tom Clancy


Durante un tiempo se me consideró una experta en telenovelas porque escribí un par de libros sobre el tema. Ya no lo soy, hace rato que no las veo. Pero he sido consultada muchas veces sobre el tema y una de mis principales objeciones, sobre todo en cuanto a las producciones locales, es que en las novelas argentinas nadie trabaja. Nunca. Los oficios y las tareas son formulados vagamente al comenzar la historia pero en la acción hay una clara evidencia de que los autores no tienen la menor idea de cómo funcionan las cosas (plagio a Valentín Muro) en el mundo real. Por ejemplo: la secretaria del director general de una empresa, su mano derecha, la persona que maneja su agenda y conoce sus secretos, es decir, la figura con más poder en toda la compañía después de su jefe, atiende el teléfono del conmutador solo porque atinó a pasar cerca. “Equis y Zeta, buenos días”, dice alegremente, como si fuera la telefonista. Es obvio que no tienen idea. No conocen la anatomía de una empresa, lo ignoran todo al respecto. Y es una lástima, porque el trabajo es una fuente generosa de drama y comedia.

 

En una telenovela local, hasta donde yo vi, se sabe que el protagonista es mecánico porque hay un viejo colectivo estacionado en el fondo de un taller siempre desierto; se reconoce que alguien trabaja en una empresa porque los empleados llevan unas carpetas de cartulina anaranjada de un lado a otro pero los asuntos profesionales tienden a eludirse como si no tuvieran interés. A qué viene todo esto, se preguntarán. Es que descubrí ahora que coincide conmigo nada menos que Ian McEwan. Ian McEwan, amigos, gran escritor británico. Mientras preparaba la novela que sería Sábado, observó “que en la literatura inglesa contemporánea parece que nadie tiene un empleo. Nadie trabaja. Es como si todos viviéramos en un mundo como el de Henry James, con ingresos privados. Por supuesto, el motivo por el que nadie tiene un empleo es porque los mismos escritores tampoco tienen un empleo, o en todo caso enseñan en una universidad de los Estados Unidos, lo cual es desesperadamente aburrido, a menos que escribas una novela sobre un campus.” En ese sentido McEwan admira a Rudyard Kipling por el respeto que muestra por los ingenieros, los soldados, los constructores de puentes y los asistentes de los alcaldes: Kipling ama el trabajo de la gente.

 

Ian McEwan me da permiso para decir en voz alta, o poner por escrito que es más grave, por qué tengo problemas con los autores locales. Lo dijo él, no yo. Admite que en sus primeros tiempos la idea consistía en escribir una novela en la que un personaje innominado llega a una ciudad innominada sin un propósito concreto y más allá de eso no pasa demasiado. Una especie de noción existencial y nada más. Así era entonces en general la literatura británica: contenida y reservada o tan irónica que no se permitía un momento real de asombro o silencio. Un limbo. Tres autores estadounidenses le hicieron cambiar el rumbo: Saul Bellow, John Updike y Philip Roth. “Cada uno a su manera —dice McEwan— se mostraba tan expresivo e intrépido, siempre cómodo y relajado en su relación con el mundo, nunca hostil”.

El protagonista de Sábado, Henry Perowne, es un neurocirujano, y si a alguien le queda alguna duda, describe en detalle cómo extrae un tumor ubicado cerca del tálamo o justo detrás del nervio óptico. Lo describe en detalle. La familia de Perowne también vive en el mundo: su hija Daisy estudia Letras y está a punto de publicar un libro de poemas; su hijo Theo es músico y toca blues. Su esposa Rosalind (me cuesta un poco este nombre) dirige un diario judicial. Todo específico, minucioso, neto. Y la novela transcurre en un solo día, un sábado, un año y medio después del ataque a las Torres Gemelas. Historia actual. Su novela El inocente, de 1995, tiene lugar en Berlín durante la Guerra Fría; Expiación (2001) transcurre antes y durante la Segunda Guerra Mundial pero Sábado (2005) es presente puro. Perowne debe parecerse bastante a McEwan, un hombre capaz de poner en boca de su personaje “Qué suerte que la mujer que amo es mi esposa”.





Odio todo

En los segmentos de noticias de las radios, odio el regodeo con el llanto de las víctimas, que reproducen una y otra vez, una y otra vez para sufrimiento del oyente, que por lo general nada puede hacer en ese drama, pero siente culpa por las dudas y también algo parecido a un artero golpe en el estómago.





Palabras

“Cuando Theo ataca un tema de cadencia mediana, como ‘Sweet Home Chicago’, con su lánguido ritmo punteado [..] opta por un registro más bajo y un paso ágil y musculoso, como un elegante animal depredador que se sacude la fatiga y devora kilómetros de sabana abierta. Luego sube los dedos por el traste y la inseguridad comienza a transmitir un indicio de peligro. Una pequeña puñalada sincopada en el giro, el corte súbito de un acorde amplificado, una nota sostenida contra la marea de armonía, una quinta certeramente allanada, una séptima que se diluye en microtonos sensuales. Luego una sentida disonancia pasajera. Es una forma de hipnosis, de seducción natural.”

Ian McEwan (Sábado)

 



 

Qué hay para ver

Últimamente veo a muchos actores fumando en escena. En la serie María Marta, el crimen del country, todos fuman todo el tiempo como si fuera 1960. Y la mayoría no sabe fumar. Es evidente que los actores no son fumadores y malogran esos gestos íntimos propios de quien fuma desde el alma. No encuentran la frecuencia adecuada, la profundidad del vínculo, la manera misma de sostener el cigarrillo. Cómo encenderlo. Qué hacer con el humo. Aprender la etiqueta, disfrutar de la indulgencia sin perder la compostura.

Creo que estos actores no saben fumar porque no tuvieron la oportunidad de aprender. El cigarrillo desapareció de las pantallas durante mucho tiempo, cancelado por su peligrosidad; solo algún que otro villano se atrevía a fumar. Y es en las pantallas donde se aprende, entre otras cosas, a fumar. Con Humphrey Bogart y Orson Welles, con Bette Davis y Ava Gardner. Es una cuestión de elegancia. Fumar y comer son reveladores. Cocinar también.




 

A propósito

Muchos años atrás, al comienzo de un nuevo gobierno y a la hora de nombrar funcionarios, alguien a quien nunca conocí (Archibaldo Lanús) le propuso mi nombre al flamante Secretario de Cultura para la dirección de la Biblioteca Nacional. Cuando supe esto entré en pánico ¡¿Directora de la Biblioteca Nacional?! Todo el episodio habrá durado unos pocos días puesto que en seguida se nombró a otra persona, con toda seguridad más calificada que yo. Pero durante esos pocos días no pude parar de pensar. Además de todo lo que el cargo implicaba, también se me ocurrió algo que mentalmente llamé “Una guardia literaria”. Un escritor de guardia en la Biblioteca, en cierto horario, dispuesto a hablar de literatura con quien tuviera alguna inquietud en ese sentido, o recomendar libros según la circunstancia, leer manuscritos de aficionados, sugerir talleres donde se percibiera una gota de talento, cosas así. Pensé a lo grande, un escritor de guardia en cada biblioteca de la ciudad, y un sistema de patrocinio para pagarles sus honorarios. Todo esto fue muy breve pues como dije, pronto se nombró al funcionario pertinente.

 

Con mi habitual falta de pericia para dominar la parte política de la vida, no mencioné esto a nadie por cábala, una convicción atávica. Nunca se me ocurrió, hasta mucho tiempo después, que el solo hecho de haber sido considerada para el cargo, lo obtuviera o no, tenía su propio peso; pude haber presumido un poco, algo. Gracias a este estilo mezcla de discreción y estupidez quedó guardada en un cajón una mención tan halagadora. Archie Lanús, embajador argentino en Francia, había leído una entrevista que me hicieron para una revista hablando de literatura, eso fue todo. Y no se lo conté a nadie hasta ahora. ¿Nos encontramos la semana que viene? Mientras tanto están invitados como siempre al club del Viejo Smoking. Es acá.
 


¿Leer manuscritos de escritores aficionados?

¿A quién se le ocurre? Paso.

Hasta el domingo,

Cecilia

 


 

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