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El cuerpo funciona a veces como una entidad autónoma, como si fuera tu madre que te habla. Nena, te dice, tenés que ir al dentista. Esa muela te viene molestando desde hace días. Tomo un turno con el dentista y de inmediato la molestia desaparece. Es tu madre que te aprueba y por ahora te deja tranquila.



El único viaje es el interior.
—Rainer Maria Rilke

 

Hace un tiempo cité la frase de Emily Dickinson “La vejez llega de golpe y no gradualmente como se cree”; me mostré de acuerdo e ilustré con un par de ejemplos deprimentes. Pero tengo una amiga que no coincide y observa, con un dejo de severidad, que me declaro “vieja” antes de tiempo, cuando nuestra idea original era explorar la forma de llegar a viejo. La mejor forma posible. Es un viaje, dice, que además es el anagrama de “vieja”. Como en un viaje cambian el paisaje, la velocidad, la mirada.

Mi amiga tiene razón y me mató con el anagrama. Es un viaje, cierto; no hay apuro en llegar pero es fácil olvidarse de mirar alrededor. Vas por la vida pensando en otra cosa y un día te das cuenta de que todos los apellidos a tu alrededor te resultan familiares, porque conociste o fuiste amiga de los padres de todos ellos. Y vos también, a tu vez, hoy sos la madre de Alguien.

 

En la película cotidiana de este viaje que parece lento pero no lo es, la referencia natural es el espejo, ese encuentro matinal lleno de verdades. Los espejos, ya sabemos, tienen vida propia. No por nada Borges los soñaba aun en vigilia. Son los artistas fetiches en el género fantástico y hablan con las reinas. Te divierten en la feria si estás de humor y te atacan en el probador de las tiendas. Los espejos multiplican la energía de tu casa si están ubicados en la posición correcta o se vuelven peligrosos en el lugar equivocado. Pueden ser arteros o generosos, mucho depende de la luz. El del baño de mi casa me odia; el del ascensor me ve perfecta.

 

Las fotos son difíciles, es mejor evitarlas: solo te ves bien si quien sacó la foto te quiere. Ya no añoramos la juventud como la mejor época de la vida. Es cierto que entonces eras pura energía y mal humor y para salir solo tenías que lavarte el pelo. Ahora necesitás dos horas antes de salir y una semana previa para hacerte a la idea.

Sigo pensando en la idea del viaje. ¿Quién quiere volver atrás, a esa montaña rusa emocional, esa incertidumbre en la boca del estómago, esa enorme capacidad para el error? Entiendo que este camino es diferente y no todo el mundo lo disfrutará. Son otras reglas, hay mucho que aprender. Mientras tanto empiezan a multiplicarse los reclamos del cuerpo, entidad autónoma, que se las arregla para darte toda clase de disgustos. Entra en tu vida el ejercicio de la paciencia, más difícil que dejar de fumar. Todo tiene un costo.

En forma casi imperceptible las cosas van cambiando de lugar; la vida se organiza de otra manera, te da más tiempo libre y mejor oportunidad de elegir. Esto puede resultar muy grato si alcanza la plata y se controla la culpa. La culpa, sí. Por ejemplo: estoy perfectamente cómoda y feliz en el mejor sillón de mi casa mirando la tele y por algún motivo se me cruza la idea de que debería estar cargando bolsas en el puerto. Folklore familiar. Son viajes psicodélicos a su manera: como la meditación, la sobredosis de televisión o la anestesia de las intervenciones.





Odio todo

Entre mis odios principales brilla con luz propia el mascador de chicle, pero acabo de pasar una experiencia devastadora en el colectivo: un joven mascador de chicle con barbijo. No sé por dónde empezar. Era una cara entera mascando chicle, a un ritmo acelerado, tal vez al ritmo de lo que recibía por sus auriculares. Mi asiento estaba frente al suyo, en esa variante actual que pone un par de asientos enfrentados a uno y otro lado del vehículo. Una cara entera con barbijo negro mascando chicle a toda velocidad. Pesadilla.





Palabras

“‘No hago el bien que amo sino el mal que odio’. Cuando Pablo dicta esta frase fulgurante, una declaración que Freud y Dostoievski no han dejado de analizar y que hizo rechinar los dientes a todos los nietzcheanos de opereta, se sale totalmente del marco del pensamiento antiguo.”

Emmanuel Carrère (El Reino)

 



 

Qué hay para ver

CODA es un acrónimo de Children of Deaf Adults, hijos de adultos sordos. Pensé que se refería a la coda musical, el último pasaje de una obra, y lo cierto es que esa acepción también tendría sentido. Emilia Jones es Ruby Rossi, una joven cuyos padres y su hermano son sordos. Solo ella no lo es. La familia tiene un barco pesquero y todas las mañanas al alba salen a pescar. Ruby trabaja a la par de su padre y su hermano, pero canta todo el tiempo. Su maestro de música, en el colegio, detecta un talento especial y le abre puertas, pero ella es la intérprete de su familia y los ama, ése es su dilema. La madre de Ruby es Marlee Matlin, la primera actriz sorda en ganar un Oscar por Children of a Lesser God (Te amaré en silencio). El padre de Ruby es Troy Kotsur, también sordo y también ganador de un Oscar como mejor actor, por CODA, esta vez el primer varón. Es la primera película de una plataforma de screaming en ganar un Oscar (fue para Apple TV+ pero ahora está en Amazon) y la primera película cuyo título es un acrónimo. Es sencilla y conmovedora, por momentos muy graciosa.




 

Estilo

En el Museo de Arte Decorativo (Av. del Libertador 1902) se presenta la muestra Casa tomada, de Gaspar Libedinsky (conozco al padre). Es una obra notable que él mismo define como un homenaje a “la vida inesperada de los objetos”, les relega el privilegio de aplicar el color y produce piezas de belleza inefable sin la menor condescendencia por las cosas sencillas. Tiene devoción por los escobillones y los hace florecer. Su colección Míster Trapo presenta chaquetas realizadas con trapos de piso que se ven como un tweed liviano de color gris; blazers blancos hechos con repasadores de buena textura; equipos de tenis, impecables. Camperas y buzos con las franelas amarillas y anaranjadas. Todo austero, elegante, festivo. Casa tomada, buen nombre para una muestra.




 

A propósito

David Lodge tiene una novela que resulta difícil de traducir desde el mismo título: Deaf Sentence. Deaf significa sordo, pero un sordo que lee los labios puede entender Death Sentence, es decir, sentencia de muerte. Es la historia de un profesor retirado (a Lodge le encanta el ambiente académico) que se está quedando sordo. No es divertido. Digo esto porque los críticos suelen encontrar divertida la novela, no sé por qué. En un momento temprano del libro el narrador está en una reunión social y una escena a unos metros de él le llama la atención: una mujer sentada y un hombre de pie mantienen una conversación que no parece fluida. Hay mucho ruido, la mujer dice algo y el hombre no alcanza a oír. ¿Cómo? pregunta. Y la mujer, en lugar de levantar la voz habla más bajo. ¿Cómo dijo? Más bajo todavía. Los lingüistas llaman a esto el Reflejo Lombard, por Etienne Lombard, quien lo formuló a principios del siglo XX, No es deliberado, pero logra que el interlocutor conjure una clase de concentración extraordinaria para poder oír por encima del ruido. Hace poco asistí a una escena como esa, muy cerca de mí; una chica que no se dejaba intimidar por el que le gritaba respondía sin alterarse con el tono cada vez más bajo. Es admirable y al mismo tiempo algo enloquecedor. Con esto me despido hasta la semana que viene. Ya saben, están invitados al club del Viejo Smoking. Es acá.
 


No hago el bien que amo sino el mal que odio.

San Pablo era un genio.

Hasta el domingo,

Cecilia


 

Todos los domingos voy a escribir acá sobre una forma diferente de llegar a viejo.
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