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Fuí, vi y escribí: acabo de suscribirme al newsletter de Hinde Pomeraniec, donde todo es cultura. Yo miro con la ñata contra el vidrio.



La risa es más importante que el aplauso. El aplauso es casi un deber. La risa es una recompensa.
—Steve Martin


Cuando era joven iba a menudo al Colón con mi hermano. Él pagaba las entradas, yo me ocupaba de ir a comprarlas. Hacer la fila en la calle Tucumán ya era parte del ritual; según la circunstancia íbamos a cazuela o a tertulia, nunca llegábamos a la platea, pero tampoco a la galería. Ir al Colón, como se sabe, es una experiencia trascendente: te transporta a una zona de grandeza y esplendor, te envuelve de luz y terciopelo, te exime por un rato de las miserias del mundo y te lleva a navegar por el universo de la música.

¿Por qué dejé de ir al Colón? Por los aplausos. El público argentino, al menos el porteño, tiene una severa adicción a los aplausos. Le gusta aplaudir, aplaude en las bodas, aplaude en los funerales (!) y en los teatros enloquece de entusiasmo. Son raras las piezas de teatro, y me refiero a cualquier pieza de teatro, en las que el público se priva de aplaudir de pie. ¡De pie! Y si en el elenco participa alguna figura de la televisión, entonces el entusiasmo se convierte en delirio.

Pero en el Colón el aplauso entra en otra categoría: es tan demandante que por momentos parece una batalla entre el público y la orquesta, el director o el elenco de la ópera. El público aplaude y aplaude hasta conseguir un bis, o un nuevo saludo, o lo que sea. Se cierra el telón y el público sigue aplaudiendo, no lo van a disuadir así nomás. Ese clima elegante y culto de la velada se convierte en una hinchada de fútbol, sin cánticos, es cierto, solo con aplausos, a ver quién gana. Y lo más exasperante, al menos para mí, era que no aplaudían la interpretación de la Séptima de Beethoven, por ejemplo. Aplaudían a Beethoven, porque la sinfonía es maravillosa. Eso es cierto, pero no es necesario celebrarla durante veinte minutos de aplauso desesperado.

 

Una sola vez tuve la oportunidad de ir al Colón a platea, no recuerdo quién me invitó, disculpen. Me tocó una muy buena ubicación, cerca del escenario. Desde mi butaca podía ver a los músicos, sus caras, sus manos. Observé qué guapo era el primer violín. Impecable en su smoking negro, su pelo algo escaso pero suavemente ondulado y casi rubio. También me pareció lindo el que tocaba el fagot, más allá. Y de este lado del piano el del cello. No tardé mucho en darme cuenta de que todos me parecían lindos, es decir, no tardé mucho en darme cuenta de que cualquier ser humano se embellece si tiene en sus manos un instrumento musical. Todos ellos eran lindos, con una forma de belleza peculiar, ajena, inalcanzable para cualquier otro mortal. Uno asiste azorado: tocar un instrumento musical o cantar es como levantar vuelo. Magia y misterio, solo para elegidos. Tal vez por eso el público aplaude de ese modo insensato, su humilde forma de participar del sortilegio.





Odio todo

Odio que en los funerales se despida a los artistas con un aplauso. Odio, en fin, que se use el aplauso como único medio para expresar emoción en lugar de apreciar la poderosa solemnidad del silencio.





Palabras

Quedó comprobado que los comunicadores de la radio y la televisión no van a renunciar a su propia definición de la palabra “descargo”, que entienden como sinónimo de “declaración”, ignorando el matiz judicial muy marcado y específico que contiene un descargo. Otro equívoco semántico muy común en el reino de la corrección política es el uso indiscriminado, justamente, de la palabra “discriminación” que muchos utilizan como sinónimo de “insulto”. Veamos: si una persona le dice a otra “sos un negro de porquería” esto se entiende como una discriminación. Sería una discriminación si al “negro de porquería” se lo privara de un empleo, una golosina o un premio. Pero la sola formulación, en mi opinión, no es una discriminación sino un insulto.

 



 

Qué hay para ver

Desde que comenzaron a subtitular las series españolas volví a frecuentarlas y me encontré con algunas muy buenas. Tarde, porque las eludí cuando se estrenaron. Un ejemplo es Vivir sin permiso, estrenada unos años atrás. El título parece sugerir una metáfora existencial pero al ver la serie queda claro que es una afirmación literal y muy concreta. Así conocí a quien supongo que es una megaestrella en España, José Coronado, una especie de Ricardo Darín peninsular, que te mira fijo y te convence de lo que él quiera. En Vivir sin permiso es el hombre fuerte de su pueblo, en Galicia, el amo de todos y dueño de la ley. Y en el momento más fecundo de su vida, ya mayor pero no tanto, se entera de que tiene Alzheimer. Sus negocios ahora son primordialmente legales, pero la fortuna la hizo en el pasado gracias al contrabando de cocaína. Es Nemesio Bandeiras, a quien todos llaman Nemo, como el capitán del submarino, que paradójicamente significa Nadie.

 

Esto está en Netflix, por si les interesa. Nemo tiene dos hijos previsiblemente decepcionantes. El varón, gay a la antigua y drogadicto, busca algún tipo de vida que lo libere del desprecio de su padre. La niña, muy bella, parece una tonta al principio hasta que tiene algún motivo para mostrar un indicio de personalidad. Pero aparece una tercera hija, una perfecta desconocida, que resulta ser la hija de quien fue el gran amor de la vida de Nemo, a quien él abandonó en un primer y colosal acto de cobardía. Su nueva hija se llama Lara, muy bella también pero en un estilo salvaje, y para Nemo reconquistarla se convierte en una misión expiadora. Mientras tanto establece una relación con el Alzheimer, que avanza lento pero implacable; es una contienda diaria, un ejercicio de templanza, un trago de humildad. Algunos personajes se dejan arrastrar por la corriente del relato, otros tienen una textura más sólida. Ferro es la mano derecha de Nemo, su consejero y un matón; no puede ser más desagradable: masca chicle, silba o fuma de un modo incómodo y absurdo. Pero también es dulce y protector con su jefe, a quien ama sin medida.

 

Lara, la hija natural de Nemo es, entre todos, el personaje más peculiar. Está sola, no tiene nada y no muestra la menor ansiedad. Su padre trata de reconquistarla y los varones de la casa se enamoran de ella. Desde el punto de vista dramático, Lara no muestra sentimientos intensos; se deja llevar como una hoja al viento; se queda con uno y luego con otro. Odia al padre y luego lo comprende. No hace duelos, ama un poco, de a ratos se enoja, comete errores tontos, sufre decepciones, perdona. A primera vista parece un caso de poca definición de un carácter, pero en una segunda mirada, menos obediente a los criterios oficiales de la ficción, la vi como un espíritu independiente, a quien no le va la vida en cada romance, que acepta el agasajo pero toma distancia, que tal vez se enamora pero no necesita al hombre. Lara no lo pone en palabras y no analiza su propia vida desde el costado político que últimamente parece cargar de sentido el discurso de muchas mujeres; ella no se da cuenta, no lo menciona, no le importa. No le importa. Es una chica sin sofisticación ni maldad urbana, es inocente.




 

A propósito

Para la gente del espectáculo el aplauso puede ser una adicción. Algunos actores de teatro estiran el saludo final y aunque la intensidad del aplauso no lo justifique salen de inmediato a saludar una segunda vez sin dar tiempo a la reflexión. Algunos cómicos lo piden al público en forma expresa o inventan juegos de competencia para ver qué zona de la platea aplaude más fuerte.

Son muy diferentes —y escasos— los aplausos espontáneos, los que agradecen un inesperado momento de felicidad. Y son emocionantes los aplausos en el mundo de los sordos. Se ve en una escena de la película CODA: en el recital de su hija, en medio del aplauso general, sus padres suben los brazos y mueven los dedos en un baile de alegría. Y eran solo ellos dos. En un mar de brazos en alto y manos jubilosas la celebración de un público sordo es emocionante como una ovación, pero otra clase de ovación. Listo, me voy. Los encuentro el domingo que viene como siempre. Tengo muchos amigos en el club del Viejo Smoking. Están invitados si quieren venir. Es acá.
 


Ha vuelto Hinde con su newsletter.

No sé cómo hace, me mata de admiración.

Hasta el domingo,

Cecilia

 

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