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Ahora que cambió el clima abro el placard y encuentro ropa que había olvidado por completo. Ropa lindísima. ¡Alegría!



La virtud indispensable en un buen cocinero es la puntualidad, pero es también la de los invitados.
—Anthelme Brillat-Savarin

 

Mi amiga M. me dijo una vez que yo no era puntual sino paranoica: llegaba siempre a la hora exacta porque estaba convencida de que si me retrasaba el otro no me esperaría. Me reí, claro, era una idea divertida. Pero un día pasó algo. Yo había terminado el manuscrito de una novela y la misma M. me insistió en que se lo diera a leer a R., un célebre e influyente editor. El hombre me atendió amablemente por teléfono y me citó a las tres de la tarde del día siguiente en su taller: Salguero al 400. Un cable en mi cabeza produjo un breve cortocircuito: escuché Salguero y entendí Gascón. A las tres menos cinco del día siguiente llegué a Gascón al 400 y me encontré con un terreno baldío y tapiado. Pensé que era una broma: miré mi libreta y comprobé mi error. Estaba a cuatro cuadras de Salguero pero igual me tomé un taxi porque estaba desesperada. Llegué al taller de R. a las tres y cinco. Toqué el timbre y me atendió una mujer, posiblemente una secretaria, y me dijo que R. no estaba. Había salido. Fueron solo cinco minutos de retraso; tal vez M. tenía razón, y como ella misma afirmó en su momento, los paranoicos nunca se equivocan.

Esto fue algo extremo, lo admito. R. me dio luego otra cita y todo salió bien. Incluso le gustó mi manuscrito. Más razonable y protocolar fue la actitud de Dalmiro Sáenz. Recién publicada su novela La patria equivocada iba a hacerle un reportaje para una revista y me citó en su magnífica casa de la calle Hipólito Yrigoyen, frente a la plaza Congreso. Yo, que soy una loca de la puntualidad, llegué diez minutos tarde no recuerdo por qué. Me hicieron pasar y tomar asiento en el jardín. Dalmiro Sáenz me hizo esperar excactamente diez minutos y luego me atendió. Eso me pareció educado y justo, nada que observar.

 

Las reglas de la puntualidad forman parte de los códigos de etiqueta que rigen para todos, tanto en el ámbito social como el laboral. Las leyes son bastante conocidas. Para una reunión de amigos la puntualidad consiste en llegar por lo menos media hora después de la indicada y nunca media hora antes: podrías incomodar a tus anfitriones que todavía no están listos. Si se trata de una cena es preciso llegar con puntualidad; la comida puede perjudicarse por la espera y los otros invitados te van a odiar. Si hubiera alguna buena razón para haber llegado tarde las explicaciones solo se dan a los anfitriones y no al resto. En fiestas y reuniones “llegar tarde” es para algunas celebridades parte de la operación glamour. Pero las grandes celebridades disfrutan de la ocasión y se presentan puntualmente con sus mejores galas.

La puntualidad es crucial en el trabajo. Solo una megaestrella en lo suyo podría darse el lujo de ser impuntual pero no creo que sea lo más común. Todos conocemos el refrán sobre la puntualidad como la cortesía de los reyes. Hay esperas razonables, pero algunas personas sencillamente llegan tarde, muy tarde, siempre. Aunque parezca banal, a la larga eso resulta difícil de sobrellevar. “No seas impuntual. Pensá que mientras te espera, el otro comienza a recordar todos tus defectos,” dijo el poeta Nicolas Boileau y tiene razón.

 

Los códigos varían según los países. En Corea del Sur la falta de puntualidad se considera una falta de respeto; en México los horarios son flexibles y llegar una hora tarde es lo más común, lo mismo que en Nigeria y Malasia. En Brasil, si esperan puntualidad aclaran “hora inglesa”. En China aceptan hasta diez minutos de retraso sin cambiar el humor. En Japón la puntualidad es sagrada: ni los trenes se permiten llegar un minuto tarde. En Alemania esperan incluso que llegues unos minutos antes. Entre nosotros no sé, tenemos de todo. En el trabajo el tiempo se maneja con otras leyes, se mide en cifras, mira fijo el reloj. En la vida de todos los días creo que la cuestión depende del afecto. Hay gente a la que no me importa esperar lo que sea necesario, pero qué deliciosa sensación te da llegar puntualmente al lugar y ver que el otro ya te está esperando.





Odio todo

Como ya dije alguna vez, no me gustan los desnudos en pantalla, me incomodan. Y ahora parecen multiplicarse en forma exponencial con el último grito de la moda: el desnudo masculino frontal. Cuando era joven no me habría atrevido a admitir algo así, pero por suerte ya soy grande y no tengo que demostrarle a nadie mi espíritu liberal. Mi espíritu no es tan liberal.





Palabras

Las navajas duelen;

los ríos mojan;

los ácidos manchan;

y las drogas enferman.

Las pistolas son ilegales;

las sogas fallan

y el gas huele fatal.

Es mejor que vivas.
 

Dorothy Parker (Resumen)

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Qué hay para ver

Voy de la cama al living y en el living miro televisión. Ya estuve alardeando sobre el tema: mi trabajo consiste en mirar televisión. Y me gusta mucho mirar televisión. También me gusta anotar los lugares comunes en las series, algunos tan insistentes que parecen obligatorios. Por ejemplo los autos. Algo pasa con la gente y los autos en las ficciones norteamericanas: nadie puede hacer un viaje en auto sin a) Cantar a viva voz; b) Bailar de la cintura para arriba al ritmo de la música; c) Hablar con su acompañante sin mirar la ruta durante un largo rato; d) Buscar algo en la guantera que probablemente se va a caer al piso; e) Atropellar a un ciervo que apareció de la nada justo al buscar lo que se cayó al piso. Eso es lo básico. En los autos también se expresa la ira golpeando repetidamente el volante con los puños. Es un lugar elegido por las chicas para llorar aunque hace rato que dejó de ser —al menos en las ficciones— un espacio de los adolescentes para intimar en el asiento trasero.

Otro asunto es el alcohol. Es difícil encontrar una escena en la que no haya alguien (o todos) bebiendo. El trago proverbial al llegar a casa, cerveza para el varón, vino blanco para la dama. Además, por una cosa o por otra, rencillas, disgustos o celebraciones, citas de enamorados o reuniones de negocios, todo el tiempo o casi todo el tiempo están bebiendo alcohol.

Lo mejor de las series norteamericanas es que todo el tiempo o casi todo el tiempo están hablando de trabajo. Los vínculos y las pulsiones, la codicia, la traición, el poder y el deseo, todas esas historias se despliegan sobre un territorio específico de trabajo y muestran con detalle las tareas del oficio. Incluyendo las profesiones criminales, por supuesto, que también tienen derecho al drama.

Cada pieza de ficción va a honrar debidamente las nuevas leyes de la inclusión: matrimonios de todos los géneros y etnias imaginables, mujeres gordas que no hacen de gordas, personajes trans sin alusiones, jóvenes en sillas de ruedas y por supuesto hombres desnudos.




 

Modales

Hubo una época, muchos años atrás, en que mi mamá y yo nos dedicábamos a tejer. El único televisor de la casa, en riguroso blanco y negro, estaba en el comedor diario. Mi hermano miraba el partido, mi mamá y yo tejíamos sin comentarios. Pero dos pares de febriles agujas metálicas (hablamos del pasado) repiqueteaban con su propia melodía. Mi hermano entonces nos decía: “¿A ustedes les molestaría que yo mirara el partido mientras ustedes tejen? A veces en las confiterías, donde abunda la gente que habla mucho con el volumen muy alto, me dan ganas de acercarme y aplicar la fórmula.





A propósito

Era una de esas fiestas concurridas y vibrantes. En medio del living brillaba una joven Norma Pons vestida en animal print y tacos aguja muy peligrosos. A un chico que no lograba sacarle la vista de encima le preguntó, sin hostilidad “¿Qué te pasa? ¿Nunca viste una bataclana?” (Amé.) En otra habitación un grupo se había reunido en un círculo informal y se pasaban unas fotos unos a otros con gesto adusto. Me acerqué a ver y eran fotos pornográficas. Ni risas ni exclamaciones ni rubores ni nada: gesto adusto, como miembros de un jurado estudiando las evidencias de un crimen. Yo escapé, no me gusta ver pornografía, al menos en público. Pero recuerdo esa actitud impávida, sombría, de gente verdaderamente superada. No es mi caso. Yo tapo la pantalla con la mano, como hago con las vísceras expuestas en las escenas de quirófano, con las decapitaciones y otras ocurrencias del horror; tapo con la mano las escenas de sexo cada vez más explícitas y también los desnudos. Soy una chica de barrio. Ahora me despido hasta la semana que viene pero antes los invito a visitar el club del Viejo Smoking. Es acá.
 


Hasta el domingo que viene entonces.

Puntualmente a las seis.

Y con escarapela.

Cecilia

 

 

 

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